AMBIENTE OPINIÓN

Acuerdo porcino con China: ¿por qué «Basta de falsas soluciones»?

La propuesta del gobierno para instalar megagranjas de cerdos desató numerosas críticas y manifestaciones en el país. En esta nota se analiza el debate sobre el acuerdo con China y su posible impacto socioambiental.
Fotografía: gentileza de Luisa Magdalena

El 2020 es un año marcado por una crisis sanitaria, económica y ambiental que demanda acciones urgentes y debates estructurales. En Argentina, el avance de proyectos mineros, la aprobación del primer trigo transgénico y el posible acuerdo con China para la instalación de megafactorías de cerdos son algunas de las políticas propuestas para atraer divisas. Sin embargo, la profundización del modelo de crecimiento económico basado en prácticas extractivas ha despertado críticas y generado debates sobre las estrategias de desarrollo del país. 

Comunidades científicas, académicas y sociales alertan sobre la necesidad de un análisis de costos socioambientales y han llevado adelante acciones pacíficas en diversos territorios buscando visibilizar la «emergencia social, climática y ecológica«. En San Antonio de Areco, la Red Ecosocialista se movilizó el 9 de noviembre en una bicicleteada que recorrió la ciudad con un fuerte mensaje de rechazo hacia el acuerdo porcino. 


¿Qué propone el acuerdo con China para instalar megagranjas?

En julio se anunció la oportunidad de firmar un acuerdo comercial con China, para satisfacer su demanda de carne porcina y atraer inversiones a la Argentina. Con este acuerdo, el país asiático busca evitar los riesgos asociados a la producción en su territorio, gravemente afectada por la gripe porcina africana.

Las primeras noticias llegaron por parte de Biogénesis Bagó, que en enero anunció el avance de un proyecto que podría impulsar inversiones por USD 27.000 millones entre los próximos cuatro y ocho años, y generar USD 20.000 millones anuales en exportaciones de carne de cerdo y derivados, convirtiendo a Argentina en uno de los principales productores a nivel mundial. Esta compañía enfocada en sanidad animal forma parte del Grupo Insud, el conjunto empresario de capitales argentinos al que también pertenecen Bioceres (creadora de la tecnología HB4 para el cultivo de trigo transgénico) y el laboratorio mAbxience (a cargo de la producción de la vacuna AstraZeneca contra el coronavirus). En un contexto de pandemia de origen zoonótico, resulta preciso señalar que existen conexiones necesarias de ser problematizadas y actores que son al mismo tiempo parte del problema y de la solución.

Algunos datos oficiales

  • 100 millones de cerdos fue la primera cifra informada, que suponía aumentar la producción nacional 14 veces
  • El número se redujo a 9 millones, a distribuirse en 25 megafactorías (cada una con 12.500 madres reproductoras)
  • Las granjas serían unidades cerradas con plantas de elaboración de alimento balanceado, criadero de ciclo completo, frigorífico, tratamiento de efluentes en biodigestores, oficina de SENASA y Aduana 
  • Cada establecimiento ocuparía como mínimo 100 hectáreas y debería ubicarse en una región con posibilidad de aportar al menos los 1,5 millones de litros diarios de agua necesarios para el proceso, y con capacidad de producir 17.000 hectáreas de maíz y soja para alimentos balanceados
  • Los productos finales serían carne congelada, aceite neutro, lecitina, biodiesel, pallets de compost y energía

Los avances del acuerdo

El acuerdo es un hecho desde el 29 de octubre, cuando Jorge Capitanich pactó la instalación de tres complejos productivos porcinos en la provincia de Chaco.

La primera resistencia formal al proyecto en el país se concretó el 5 de noviembre, cuando el Concejo Deliberante de la ciudad de Neuquén manifestó su rechazó a la iniciativa. “Creemos que es una situación grave por el daño ambiental que involucra y el enorme perjuicio que podría traer a la salud una potencial pandemia. No es prejuicio, ni futurología”, expresó Natalia Hormazábal, concejala del FIT, en el recinto.

¿Qué dicen las críticas?

Los emprendimientos de gran envergadura suelen generar daños pasivos y riesgos socioambientales, por eso es fundamental que se haga la Evaluación Ambiental Estratégica prevista en la legislación vigente. 

Los cuestionamientos apuntan a las consecuencias socioambientales y a la ausencia de participación de las comunidades en los procesos de toma de decisión.

Lo socioambiental tienen que ver, por un lado, con una explotación de territorios que compromete recursos escasos y no renovables, como el uso intensivo del agua en un contexto de creciente estrés hídrico en el país, el incremento del monocultivo, el uso de agroquímicos o la intensificación de desmontes; y, por el otro, con la salud de las comunidades, por el riesgo de enfermedades respiratorias o síntomas crónicos, por ejemplo, o por la calidad del trabajo de las personas empleadas en las faenas.

Otro punto muy cuestionado es la falta de transparencia que caracteriza al acuerdo impulsado por Felipe Solá, quien fue secretario de Agricultura durante el gobierno de Carlos Menem, cuando se aprobó el ingreso de la soja transgénica y el uso de glifosato a la Argentina, sin estudios de impacto social y ambiental.

Los principales voceros en contra del acuerdo manifestaron en el libro «10 mitos y verdades de las megafactorías de cerdos«, que al igual que sucedió con la soja transgénica en los 90, con la minería a cielo abierto en los 2000 o con el fracking en la última década, el gobierno buscó avanzar sin debate ni estudios de impacto ambiental, social y sanitario, “como si no hubiera crisis sanitaria ni pandemia, y mucho menos crisis socioecológica o emergencia climática”.


“Las megafactorías representan otra arista de un modelo social y ambientalmente insustentable y peligroso que involucra el uso de miles de millones de litros de agua, la contaminación de los suelos y las napas, los olores nauseabundos que afectan la calidad de vida en la población aledaña y los impactos sobre la salud de los trabajadores”, destacaron.


Los riesgos

1- Potencial pandémico

Las megafactorías de cerdos son controversiales a nivel global y entre sus riesgos se incluye el potencial pandémico. “Las megafactorías se convierten en caldo de cultivo de virus zoonóticos altamente contagiosos que generan epidemias entre los animales y que podrían realizar un salto interespecie hacia los seres humanos. A su vez, la resistencia bacteriana por el uso de antibióticos constituye uno de los principales problemas de salud pública”, se expone en el libro mencionado.  

Asimismo, los costos económicos son significativos. La peste porcina africana significó para China el sacrificio de 280 millones de cerdos (entre el 20% y 50% de su stock).

2- Impacto socioambiental 

Los cerdos producen siete veces más desechos que los seres humanos y estos se lavan generalmente desde galpones hacia grandes piletones. El riesgo de esos piletones es que pueden filtrar su contenido hacia la tierra y las napas, o romperse liberando residuos y aumentando los malos olores (y aún si los piletones se reemplazaran por biodigestores, deberían existir lagunas de menor tamaño para eliminar los líquidos del proceso de biodigestión).

Los malos olores deterioran la calidad de vida, provocan estrés crónico y pueden generar severas patologías en las personas. En diálogo exclusivo con Minúscula, Andrea Cisternas, vecina de la comuna chilena de Freirina (Valle del Huasco) y vocera de Movimiento Freirina, la organización que en el 2012 logró paralizar la producción de la planta Agrosuper, habló sobre los impactos que tuvo la instalación de esa megagranja en su comunidad.  

La planta afectó a los campesinos que vivían alrededor, y también a la cultura e identidad del lugar. “La gente adulta mayor que salía a tomar solcito afuera ya no lo pudo hacer, no se podían hacer fiestas al aire libre en verano ni abrir las ventanas porque se llenaba de moscas. Estaba lleno de ratones que bajaban por los cerros y el hedor era muy incómodo. No se podía lavar la ropa, ni tenderla afuera y que tuviera buen olor porque quedaba impregnada con un olor putrefacto. Afectaba lo cotidiano, no se podía tener tranquilidad ni comer bien porque limitaba el apetito”, recuerda. 

Cisternas cuenta que fueron los niños y las niñas de su comunidad quienes se movilizaron primero, y subraya que “afectó mucho su calidad de vida, porque no podían salir al recreo, hacer educación física ni actividades recreativas”. Además, asegura que el trabajo del Movimiento Freirina marcó un precedente para otros pueblos que empezaron a actuar para exigir las fiscalizaciones correspondientes. 

En Argentina aún no se ha realizado una estimación de los “costos ocultos” de la actividad. Por su parte, Jorge Neme, secretario de Relaciones Económicas, expresó al darse a conocer el proyecto: “Tenemos todas las condiciones para una producción animal con el mejor estándar de salud del mundo, una enorme experiencia y know how en alimentos, un sector que hace años produce alimentos de gran calidad; sabemos manejar el tema y somos de los países que tiene una agricultura más amigable con el ambiente. 

El funcionario detalló que el anteproyecto elaborado junto con el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca tenía tres ejes principales: desarrollo tecnológico de la producción, sanidad y bienestar animal y paraguas para la promoción de acuerdos entre empresas argentinas y chinas para la producción de cerdos. No obstante, también manifestó que al momento de plantearlo no habían realizado consultas a los ministerios de Ambiente y de Salud

De acuerdo con los autores y las autoras de «10 mitos y verdades de las megafactorías de cerdos», si se internalizan esos costos ocultos la inversión podría ser ineficiente y demasiado cara para la sociedad.

3- Profundización del modelo extractivista 

Se habló de que las megafactorías impulsarían las economías regionales y se ubicarían en territorios donde “no hay nada”. Sin embargo, algunos pequeños productores y organizaciones argumentan que el modelo de gran escala y altamente tecnificado no los incluye.

Sobre el caso en Chile, Cisternas coincide con la crítica y cuenta que en Freirina las promesas de trabajo y de capacitación fueron muchas pero que finalmente no se les ofrecieron trabajos de calidad a las personas locales, y que se generaron alrededor de 59 empleos directos en la comunidad de 6.000 habitantes.

De acuerdo con el anuncio oficial, el anteproyecto estima generar 9.500 empleos directos y 39.000 empleos indirectos. Es decir, 380 directos y 1.560 indirectos en cada uno de los 25 establecimientos con 12.500 madres. Sin embargo, la investigación de «10 mitos y verdades de las megafactorías de cerdos» expone que los establecimientos existentes en nuestro país generan mayor empleo con una menor escala de producción.

La especialización de una economía basada en la explotación de recursos desde un núcleo concentrado de actores corporativos y transnacionalizados combina elevados niveles de degradación y destrucción ambiental, con expulsión de pequeños y medianos productores rurales de las tierras y una limitada diversificación del entramado productivo nacional, de acuerdo con el análisis de un grupo de investigación publicado en Revista Crítica.

¿Hay alternativa?

En tanto que universo tecnológico, la sociedad industrial avanzada es un universo político, es la última etapa en la realización de un proyecto histórico específico, esto es, la experimentación, transformación y organización de la naturaleza como simple material de la dominación”, exponía en El Hombre Unidimensional (1967) Herbert Marcuse, filósofo y sociólogo alemán-estadounidense, y uno de los principales referentes la Escuela de Frankfurt. 

Las voces críticas destacan la necesidad de pensar desde las alternativas a los modelos instaurados y proponer una agenda de transición hacia un nuevo paradigma productivo, sustentable y asentado en la soberanía alimentaria

Andrea Cisternas, desde Chile, asegura que su movimiento logró triunfar sobre el proyecto que afectaba a su comunidad luchando por visibilizar sus formas de vida.

“Nosotros tenemos muy fuertemente arraigada nuestra identidad, nuestra cultura, nuestras formas de ser, de producir y de vivir. Nos agarramos fuertemente de nuestras raíces para levantar las asambleas territoriales que nos fortalecieron. Sentimos orgullo por mostrar lo que somos en lo que tenemos, en la biodiversidad de nuestra cultura y de nuestra forma de vida. Esto es algo que siempre hemos tenido, pero el modelo neoliberal no nos brinda las herramientas de desarrollo para crecer en nuestras formas de vida”, expresó.

Proyectos como el de las megafactorías de cerdos evidencian las mismas contradicciones y generan las mismas preguntas que si observamos las lógicas del modelo agroindustrial en el que se sostiene la economía de nuestro país, y sus consecuencias para los territorios. En un contexto de crisis climática (en la que sabemos que la extensión de la frontera agropecuaria implica, por ejemplo, la degradación del suelo, la pérdida de bosque nativo y el aumento de emisiones de gases de efecto invernadero), y sanitaria (a causa de una pandemia zoonótica), la promoción de proyectos extractivos genera controversias.

La racionalidad que subyace al proyecto de las megagranjas presenta fuertes afinidades con el cambio de paradigma agropecuario que se dio en nuestro país a mediados de los 90, con el ingreso de la soja RR (Roundup Ready, la línea de semillas de soja transgénicas y su herbicida a base de glifosato de la empresa Monsanto), que tuvo efectos determinantes sobre la estructura social y las representaciones simbólicas “del campo”. Esos cambios se cristalizaron en una nueva configuración productiva conocida como agronegocio, ligada a dinámicas capitalistas como los desarrollos tecnológicos y científicos, la transnacionalización del sector agropecuario o la concentración de tierras.

Argentina acompaña una forma de progreso basada en la intensificación de este modelo. La expresión “No hay alternativa” de Margaret Thatcher se ha convertido en una herramienta retórica de los grupos económicos, reproducida por los medios de comunicación hegemónicos.

¿Está el capitalismo, por su propia naturaleza, enfrentado a cualquier noción de sustentabilidad? 

Consultado sobre este punto, Nahuel Pallitto (biólogo, doctor en Filosofía e investigador CONICET en temas relacionados con biología, tecnología y ética), cita las palabras de Fredric Jameson, uno de los más reconocidos críticos de la cultura contemporánea: “Más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, y reflexiona:

“La pandemia nos mostró una cara mucho más dramática y cruda de esa idea, hoy nos parece mucho más fácil vivir y transitar un mundo muerto y agotado que imaginar el fin del capitalismo; nos resulta más sencillo concebir y aceptar que un virus nos quitó la posibilidad de abrazarnos que visualizar algo diferente. Se ve que, incluso frente a la catástrofe consumada, seguimos pensando que no hay alternativa”.


PREGUNTAS DE LECTORES

¿Cuál sería la diferencia con respecto a la situación actual?

En los últimos 50, años en los países centrales las granjas medianas y pequeñas que combinaban manejos agrícola-ganaderos fueron reemplazadas por unos pocos establecimientos de gran envergadura que encierran en galpones a cientos de miles de animales. Con el modelo de producción a gran escala los animales han abandonado los amplios campos, el pastoreo y los chiqueros y han empezado a ocupar espacios cada vez más restringidos. Esta transición iniciada en Estado Unidos no logró satisfacer las necesidades ecológicas y evolutivas de los animales. Asimismo, el diseño de los establecimientos fue acompañado por una selección genética que desarrolló animales cada vez más productivos y débiles, capaces de vivir en esos espacios reducidos. Esto estableció una nueva dinámica que modificó la relación rural con los criaderos y por eso hoy convivir con una factoría de animales “es convivir con una fábrica contaminante, olorosa y destructiva del aire, el suelo y el agua, y con amenazas microbiológicas”.

En este video de Vox se muestra cómo en EE.UU. se generó un ambiente propicio para la generación de nuevos virus y gérmenes con su sistema productivo de megafactorías, y cómo esta práctica se exportó a otros países de Europa y Asia. 

¿Hay una manera sostenible de implementar el proyecto?

En una transición hacia sistemas agroecológicos, la producción porcina debería ser compatible con la mejora en el trato de los animales, los menores riesgos de enfermedades y daños ambientales, el manejo ético y equilibrado del territorio y de los bienes comunes. “Esta alternativa sustentable y socialmente justa está tomando fuerza en diversos países y regiones, donde se realiza cría de porcinos en sistemas a campo y mixtos, por ejemplo en Europa. En estos sistemas los animales tienen acceso a terrenos abiertos, frecuentemente campos con pasturas naturales o implantadas, montes, plantaciones forestales y otros tipos de agro-ecosistemas adaptados a las condiciones ecológicas de cada región. En general se realiza una suplementación con granos y forrajes en áreas específicas de los campos destinadas a comederos, y se provee refugio acorde a los requerimientos de etapa y clima. Frecuentemente, la producción de cerdos se combina con la producción de otras especies animales y vegetales en el mismo establecimiento”, sostiene la investigación de un grupo académico que analizó el problema económico del acuerdo.

Este enfoque con principios agroecológicos incorpora como restricción la disponibilidad local de recursos, fomenta el uso de comunidades biológicas complejas, y contempla el reciclaje natural de los nutrientes en el mismo agroecosistema. Numerosas experiencias de crianza de porcinos a campo en diversas escalas han demostrado la viabilidad técnica y económica de esta modalidad de producción.


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