RESEÑAS teatro

¿Culpable o inocente?: el destino de la acusada depende del público

«La noche del 16 de enero» nos lleva a vivir – en primera persona – un juicio, en la New York de 1950. Un canillita recibe a los espectadores y les entrega el diario del día con la noticia del momento: “¿Suicidio o asesinato? Hallan muerto al famoso empresario Bjorn Faulkner”. Desde ese momento, resulta imposible regresar al siglo XXI.

Nueve integrantes del público – previamente seleccionados – se suben a las tablas para vivir la obra desde adentro, como cualquier otro personaje. Ellos ocupan el lugar de miembros del jurado en el juicio a la secretaria de Bjorn Faulkner, acusada de haberlo asesinado.

“Es impresionante lo que transmiten los ojos de los espectadores que están sobre el escenario. Me encanta encararlos y tratar de convencerlos”, cuenta José Martiré, quien interpreta al fiscal, sosteniendo un admirable bucle discursivo. El actor es, además, director general de la obra.

«La noche del 16 de enero» nunca finaliza de la misma manera, por lo que resulta imposible spoilear el final. Culpable o inocente, es decisión – por mayoría – de aquel pequeño grupo seleccionado entre el público.

Con casi veinte actores en escena, desfilando por el estrado, este enérgico juicio dura poco más de hora y media. Bien astuto, su guión es una catarata de revelaciones de conflictos, cortado por pequeños chispazos de humor que descontracturan la atmósfera.

“¡Trabajar en 360° es impresionante!”, confiesa José cuando explica la experiencia de compartir escenario con parte del público  y agrega: “Distribuir el texto hacia todos: la acusada, el juez, los jurados a mi espalda y para las butacas de enfrente es como distribuir energía. ¡Me encanta!”.

En “La noche del 16 de enero”, el público es la herramienta a convencer para ejecutar el veredicto final. Esto desarma los arcaicos roles teatrales, fusionando a los espectadores con los artistas en una sola creación: la fantasía manifestada en primera persona, direccionada hacia un fallo incierto.

El texto original es de Ayn Rand, escritora y filósofa rusa que se nacionalizó estadounidense luego de haber huido del comunismo (fallecida en 1982). La característica principal de sus obras literarias, a grandes rasgos, se basa en el respeto a los derechos individuales.

Por eso, José opina que “la moral, el pensamiento, la educación y un montón de otros factores del jurado invitado componen un final libre y siempre distinto», con respecto al libreto que nació en el año 1934, aunque la versión teatral argentina ubica la historia en los ‘50.

El guion no abandona las características del discurso judicial, pero está cuidadosamente ablandado, bien romantizado con el lunfardo popular argento. Fue traducido, hace algunos años, de su idioma original (el inglés) por el novelista español Manuel Barberá y moldeado a la versión argentina por Marta C. López Lecube (directora de la obra en Buenos Aires).

“Quise mantener la formalidad que implica el derecho, en la manera de enunciar, pero traerlo también más cerca a nuestra manera de hablar”, confiesa Marta y agrega: “Uno de los desafíos para mi, fue darle dinamismo a un guión muy discursivo y largo, como lo son los juicios”.   

La versión nacional de “La noche del 16 de enero” acumula una gran lista de aciertos. Además del guión y su adaptación, cuenta con una escenografía bien sostenida en detalles, presumiendo un vestuario inmaculadamente hermanado con aquellos tonos maderosos, dignos de los ´50.

La propuesta también cuenta con un alto despliegue de iluminación, que acompaña y enriquece los cambios emocionales del libreto. La instrumental brota entre las escenas con bajos jazzeros, propios de la cultura neoyorquina de aquel entonces.

Tan opulento despliegue de producción necesitaba un lugar acorde que permitiera ponerlo en acción. “Por eso, cuando tuvimos que pensar en el lugar, elegimos hacerlo en El Cubo”, recuerda Marta agregando: Había que conservar una distancia protocolar entre los espectadores y para que entrara más público fue también que nos inclinamos por este espacio tan grande”.

El elenco de “La noche del 16 de enero” no quedó fuera del golpe por parte del COVID-19. Luego de haber arrancado con los ensayos, se declaró cuarentena. “Ensayábamos de manera online dos veces por semana. Nos aferramos a eso como una balsa en el océano, en medio de una tormenta”, cuenta Marta.

Previo a sus estrenos, muchas propuestas teatrales cayeron al olvido tras ser embestidas por la pandemia, pero semejante propuesta no podía quedar en la nada. En este sentido, la directora reconoce: “Los ensayos eran nuestro alimento espiritual y llegamos finalmente a la orilla”.

¡Y qué orilla! Resulta que esta obra también está siendo foco de estudio, siendo visitada por estudiantes universitarios, de la carrera de derecho, para analizarla como material educativo interactivo. Además de ser una propuesta única con sus características en nuestro país.


“Que el público pueda subir al escenario y decidir, tiene que ver con no lavarse las manos, reconocernos como sociedad y comprometernos con aquello que nos pasa”,

advierte Marta.

“El público (los que están sobre el escenario y los que están en las butacas) están enfrentados, en una relación de espejo, para demostrar que todos estamos implicados en las decisiones de la sociedad. Esta obra apela a la conciencia y a los corazones de las personas”, concluye la directora.


«La noche del 16 de enero» en una propuesta de la compañía de teatro independiente Didascalias Roja y se presenta los viernes a las 20 hs en el Teatro El Cubo (Zelaya 3053, CABA). Las entradas las podés adquirir por Platea Net. Los domingos de junio se estarán presentando en Tandil. 

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