CULTURA MÚSICA

De regreso a Oktubre: 35 años redondos

Se cumplen 35 años del lanzamiento de “Oktubre”, el segundo álbum de estudio de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Grabado durante los meses de septiembre y octubre de 1986 en los estudios Panda, con apenas 9 canciones y solamente 41 minutos de música la dupla Solari – Beilinson, encendió para siempre los fuegos de octubre con un disco oscuro y contundente que anunciaba a una sociedad anestesiada, entre otras cosas, que los buenos volvieron y están rodando cine de terror.

En esta nota, a través de los testimonios que los involucrados dejaron en libros, notas periodísticas y charlas abiertas sobre el tema, vamos a reconstruir, de forma minúscula, parte de la historia del disco que cambió la historia de la banda. 


Gulp!, el disco que marcó el camino

Cuando en 1985 Los Redondos grabaron su primer disco, no sólo materializaron un registro oficial – más o menos – decente de las canciones que venían tocando desde el comienzo de su historia (que hasta ese momento sólo podían escucharse en vivo o mediante grabaciones precarias que pasaban de mano en mano), sino que también hicieron una contundente declaración de principios, desde el primer verso audible del disco: “Esta vez por fin la prisión te va a gustar”.  

En plena primavera alfonsinista con discos como “La dicha en movimiento” de “Los Twist” o “Locura” de los hermanos Moura sonando en las radios, Los Redondos encendieron las alarmas desde el título del disco: “Gulp!”. Una simple onomatopeya salida de las viñetas hace la primera advertencia: ojo que podés estar tragándote un sapo. 


“En aquel entonces nos estábamos tragando algo groso, que no sabíamos del todo si estaba bien o mal. Yo no me comí el rosco de que iba a cambiar todo de un día para el otro. ¿Cómo iba a cambiar, si la estructura de poder había quedado igual? Había una especie de inocencia: eso de creer que el simple traspaso de un gobernante con uniforme a otro con traje lo cambiaba todo”,

El Indio Solari, en una conversación al periodista Marcelo Figueras.


De Gulp! a Oktubre sin escalas

Para septiembre del ‘86, a dos meses del primer aniversario de Gulp!, la banda liderada por el Indio Solari y Skay Beilinson comenzó a grabar su segundo disco. Fue en los Estudios Panda donde, junto al ingeniero de sonido Osvel Costa, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota plasmaron uno de los discos fundamentales de su historia. El de la tapa con banderas rojas que homenajea a todas las revoluciones.

En Gulp! no existía la idea del “concepto” que unificara las canciones. Lo que había, en palabras del Indio, “era música pop y rock elemental con letras en joda mechadas con otras letras sugestivas críticas con la sociedad”.

Para Oktubre había una idea que unía todas las canciones. Desde “Fuegos de octubre” hasta “Ya nadie va a escuchar tu remera” todas guardaban consigo el germen de la revolución. Una que como todas, no sería cómoda ni comfortable, pero que a diferencia de las que pueda el lector imaginar no llevaba estandartes en su concepción.

Según Ricardo “Mono” Cohen, también conocido como Rocambole, la inspiración para crear el material surgió de manera espontánea y en conjunto. «Un día fuimos a ver un recital en el Luna Park, que estaba la presentación de un coro ruso de Moscú, del ejército rojo, con voces muy graves que nos dejaron impresionados. Entonces, nos sentamos en un café y pensamos que podíamos hacer al respecto», explicó.

Según el relato del artista plástico, artífice de la iconografía ricotera, la idea del álbum era homenajear a todas las revoluciones de la historia de la humanidad, a la lucha de los oprimidos contra los agresores. Con esa idea en mente, la mesa chica de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota se dividió las tareas y emprendieron la empresa de generar, otra vez, de forma independiente el que sería el más revolucionario de sus discos. Skay Beilinson haría los arreglos musicales, Carlos «Indio» Solari escribiría la poesía y Rocambole se encargaría de la imagen que presentaría al disco al mundo.

Sobre una servilleta en un bar, Rocambole hizo el primer boceto de lo que sería la tapa del disco; en tiempos donde literalmente “hacer la tapa” significaba eso, ponerle el cuerpo y las manos al arte de un disco. A través de impresiones serigráficas, se decidió que los colores no serían demasiados. Bastaron el rojo, el negro, el blanco de la cartulina y algunos pequeños detalles en gris para que el espíritu revolucionario se hiciera presente en el vinilo que llevaba como título “Oktubre” con letras rojas y reflejadas para dar la impresión de pertenecer al alfabeto cirílico.


El esclavo

Hay una imagen asociada a este disco que se hizo presente en el sobre interno cuando el formato cambió de LP a CD con el paso de los años y es la del hombre que se libera de sus cadenas y levanta triunfal su brazo por los aires. Esa imagen que es remera, tatuaje y pintada es la de “el esclavo” sobre su origen, Rocambole explicó:

«Para una de las presentaciones del disco de vinilo en Obras, hice un aviso. Me encargaron un aviso para un diario, que cerraba a las seis y eran las tres de la tarde. Fui a un kiosco, compré una cartulina negra, liquid paper, marcador, me senté en el bar y lo armé en diez minutos». 

Boceto original de la tapa

“En lo que atañe a mi parte en el asunto, ese disco significó la difusión de mis trabajos visuales de una manera que jamás podría haber imaginado. Más tarde el público se apropió de esas imágenes aplicándolas en remeras, banderas, paredes, mochilas y en cuanta posibilidad hubiera incluyendo los tatuajes en la piel. Se transformaron en íconos populares. ¿Qué más puedo pedir como reconocimiento a mi tarea?”.

Rocambole en diálogo con Télam

nueve canciones para revolucionar

Solamente nueve canciones habitan los 41 minutos 8 segundos que dura el disco. “Fuegos de octubre”, “Preso en mi ciudad”, “Música para pastillas”, “Semen Up”, “Divina TV Führer”, “MotorPsico”, “Ji Ji Ji”, “Canción para naufragios” y “Ya nadie va a escuchar tu remera” fueron las elegidas para este trabajo que entre otras cosas venía a decirle a una sociedad en la que aún resonaban los ecos de las tribunas festejando a la Selección Argentina campeona del mundo que sí, los buenos volvieron pero los problemas fueron. Están ahí, latentes.

Mientras las radios y los escenarios se llenaban de rockeros bonitos y educaditos, en las calles persistía esa imagen de estar inmersos en una película de terror. Contra ese rock obsecuente y vacío, Oktubre” venía a poner sobre la mesa otra vez los temas esenciales del rock, hablar de temas más universales y dejar la frivolidad de lado. Los Redondos entendieron que se podía pedir un poco más de conciencia, una visión más amplia de las cosas, una crítica más profunda que la de “Pensé que se trataba de cieguitos”, en palabras del Indio: “Sí, si, los cieguitos eran los policías, ya lo entendí. ¿Y ahora? 


Fuegos de Oktubre: Una declaración de principios mientras caen bombas

El primero de los temas grabados en Panda, quizá el último en ser escrito – El Indio no lo recuerda – viene a ser el hilo conductor del disco. Sobre esta canción, una de las más breves del disco, – en materia de letra seguro – Solari cuenta: “Las bombas que se escuchan al principio las hicimos con el teclado de Melero. Ahí puse a prueba otra voz, hasta entonces no había cantado nunca así de grave. Parece que la canta mucha gente. ¡Tiene un sonido épico!”.

Preso en mi ciudad: o cómo estar atrapado en libertad

La siguiente canción no da respiro y describe una sociedad que “ahora ya no llora, casi ya no llora” pero está atrapada en libertad. Sobre estas imágenes, su autor afirma: “Es que no existía seguridad alguna de que no volviese el quilombo del que habíamos zafado recién. De ahí viene la sensación de estar atrapado en libertad. La imagen de la Plaza de Mayo llena, aplaudiendo al borracho de Galtieri durante Malvinas, me había quedado grabada de modo traumático. ¡Me daba vergüenza ajena!”.

Ji Ji Ji: la canción del pogo más grande del mundo

Para conocer más de este himno ricotero recurrimos a declaraciones de Skay Beilinson, quien en una entrevista para la Revista Rolling Stone de 2007 explicó: “Yo estoy hablando de la psicopatía, de la paranoia, de todos esos males del promedio de la cultura rock. Hubo momentos de plenitud, de euforia, de politización, de bajón, de introspección. Todo eso ha pasado casi como un pulso vital y yo creo que las canciones que uno hace – aunque no quiera o aunque lo haga mal – dan como una pintura de cómo se vivían ciertas cosas en cada momento”.

En la misma entrevista y sobre el título de la canción, el guitarrista declaró: “Para mí es muy significativo. Porque Ji ji ji es una risa medio perversa, marca una bidimensionalidad. Es como que todo lo que está diciendo no es ninguna afirmación. Porque si tenemos el cuchillo sobre la mesa, es simplemente un cuchillo, no es bueno ni es malo. La cocaína es una cosa, no es la culpable de nada”.

Si bien Ji Ji Ji está relacionada con el accidente de Chernobyl, en realidad fue escrita a principios de 1986 antes de que ocurriera. Sus versos finales eran diferentes a los que se conocen. En la letra original, Ji ji ji concluía con “Olga Sudorova, vodka de Chernobyl ¡Pobre la Olga, crepó!”.

Desde la publicación y edición del disco ocurrió el accidente de Chernobyl, que llevó a las víctimas a ingerir vodka hasta morir como consejo engañoso del gobierno ruso. Como consecuencia, se decidió a reemplazar el final con efectos de sonidos del accidente, sirenas y gritos de “¡Chernobyl, Chernobyl!”, en referencia al accidente nuclear.

Sobre la dimensión mítica que la canción adquirió con el paso del tiempo, desde “Recuerdos que mienten un poco”, Solari sostiene: “Para empezar, tiene una marcha muy convocante. Y la letra es bastante comprensible, el tipo está narrando algo con lo que muchos podían identificarse: algo horrible, que parece una pesadilla y sin embargo es verdad. No lo soñó: ¡es real! Esa es una de las ventajas que el songwriter tiene respecto del poeta: sus palabras pueden ayudar a completar o resignificar la forma pura que la música insinúa”.

El disco cierra con el tema “Ya nadie va a escuchar tu remera” sobre la cual su autor explica: “En esa época muchos habían empezado a usar remeras con las caras de los músicos, la imagen de las bandas, sus frases. Y yo pensaba: Cuando todo el mundo tenga puesta una remera así va a constituir una moda, y por ende ya no va a significar nada”.

35 años más tarde y con el diario del lunes, hay cientos de  interpretaciones que se podrían hacer sobre la obra en su conjunto. Hay muchos refutadores de leyendas que dirán que las cosas no fueron tal como se cuentan en estas palabras, que las letras quieren decir “otra cosa”. Habrá otros que coincidirán y por qué no, algunos que se acercarán por primera vez a la música y la poética de Patricio Rey y su universo de metáforas, palabras rebuscadas e imágenes sensoriales que en el fondo, persiguen la ambición primitiva de detonar preguntas en las mentes de una sociedad por momentos anestesiada. Lo bueno, es que en este mundo Redondo y de Ricota, hay lugar para todos.

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