CULTURA

A 20 años de «El Hijo de la Novia»: cuando el arte repara los errores que la vida comete

En 1999, Juan José Campanella y Fernando Castets habían terminado de filmar “El mismo amor, la misma lluvia”. Con la película terminada y mientras esperaban el estreno, estos dos amigos amantes del cine y del oficio de contar historias en celuloide empezaron a planear su próximo proyecto juntos.

Al principio tenían solamente una idea: contar la historia de un tipo que estaba metido en miles de problemas, que  estaba todo el tiempo corriendo sin  llegar a ninguna parte y que por ocuparse de las cosas urgentes no tenía tiempo de lo importante. Un día, este hombre – que en el imaginario de sus autores, era muy parecido a Darín – tuvo un nombre: Rafael Belvedere.

Con su nombre aparecieron otros elementos: un trabajo que no le gustaba; un divorcio complicado; una hija con la que no conectaba; una novia con la que no terminaba de comprometerse; una madre a la que no veía hacía tiempo y un padre que necesitaba su ayuda para cumplir un sueño pendiente.

Con estos elementos, Castets y Campanella escribieron durante dos años la historia que un 16 de agosto de 2001 llegó a los cines con el título “El Hijo de la Novia”, un milagro de la cinematografía argentina de principios de milenio, que pese al mal augurio de quienes dijeron “Nadie va a querer ver esto”, llevó a las salas a 1.800.000 espectadores.

A veinte años de su estreno, desde Minúscula hablamos con Eduardo Blanco y Fernando Castets para conocer algunos de los secretos detrás de la película que nos enseñó que nunca es demasiado tarde para cumplir los sueños postergados.


Un encuentro padre e hijo que cambiaría la historia

A Rafael Belvedere le faltaba una historia para contar, algo que justifique hacer una película sobre él y su entorno. Para agosto del ‘99 Castets y Campanella sabían todo sobre Rafael pero les faltaba algo que contar y ahí llegó la realidad al rescate con una historia envuelta en una cena para dos.

Un día, Délfor Campanella, padre de Juan José, invitó a su hijo a cenar y le contó que quería cumplir un sueño pendiente: casarse por iglesia con Luisa, la madre de Juan José; no habían podido hacerlo en su momento porque ella estaba divorciada de su primer matrimonio. Tristemente el casamiento no pudo realizarse porque Luisa padece de Alzheimer y la Iglesia exige para celebrar un matrimonio capacidad de discernimiento. Después de la cena, Juan José supo que había encontrado la historia que buscaba: la de un padre que le pide a su hijo ayuda para cumplir su sueño postergado.

Juan José, sabiendo que no podría ayudar a su padre a cumplir su sueño, entendió que había algo que sí estaba a su alcance: hacer que Rafael ayude a Nino Belvedere a cumplir el único sueño que le negó a Norma, casarse por iglesia. Lo que demuestra una vez más que la vida tiene ciertos errores que solo el arte puede corregir.


Escribir el guión: El trámite fácil que tardó casi dos años  

El primer boceto del guión demoró diez meses en lugar de dos, como pensaron sus autores. Con el boceto listo llamaron a un grupo de amigos para que leyeran lo que en su opinión era “un boceto perfecto”.

Fernando Castets cuenta: “Para la lectura de este primer boceto recurrimos a Aída Bortnik, Eduardo Blanco y Ricardo Freixá. Aída Bortnik es nuestra amiga – antes que nada -, profesora, mentora y admirada guionista de películas como ‘La Historia Oficial‘ y ‘La Tregua‘. Eduardo Blanco es ‘Juan Carlos’, amigo lapidario y crítico del alma nuestro durante veinte años. Y Ricardo Freixá, es el productor de ‘El Mismo Amor, La Misma Lluvia’.

Los comentarios recibidos no fueron los esperados por los autores, este fue quizás el más lapidario: «A esta película no la va a ver nadie. ¿A quién le interesa una historia de dos viejos, Alzheimer, ataque al corazón, hija y esposa muerta?”.

– ¿Cómo tomaron estas críticas?

– Más allá del espejismo temporal de pensar que habíamos escrito el primer boceto perfecto; cosa que no existe, las tomamos con calma. Habíamos escrito lo que todo primer boceto debe ser. Una simple exposición de todas las ideas, aunque sea en forma desconectada y caótica. Teníamos por delante el verdadero trabajo que es el de la reescritura. 

“Los guiones no se escriben. Se re-escriben. ¿Cuándo se termina de re-escribir un guión? Borges decía que dejaba de re-escribir cuando se aburría. Un ejecutivo nos dijo una vez: ‘Uno cree que hace una película, pero en realidad hace cuatro. La película que escribe, la película que filma, la película que monta, y finalmente la definitiva, la película que ve el público, la única que sirve‘,

Fernando Castets.

Los productores: «¿Quién quiere ver esto?«

16 meses después y ocho versiones más tarde, el guión de “El Hijo de la Novia” llegó a manos de los productores y tal como había advertido Ricardo Freixá después de leer el primer boceto, había algo que no cerraba del todo.

 «Esta historia… Dos viejos, ella está enferma, al tipo le da un ataque, el amigo con la muerte de su familia… Muy personal, sí, muy lindo, sí, pero ¿quién quiere ver esto?», estos comentarios se repetían de productora en productora según el recuerdo de los autores. Pero más allá de las negativas, el guión se siguió mostrando y un día, Castets y Campanella lo llevaron a Pol-Ka y el guión llegó a manos de Adrián Suar.

Lo que ocurrió según el recuerdo de Castets fue lo siguiente:

“Adrián lo lee, le gusta y decide hacerlo. Nuestra primera reunión estableció el clima de cooperación y apertura que iba a marcar toda la experiencia. La percepción era que iba a ser una película con mediano éxito, quizás 500.000 espectadores como máxima, pero en general Adrián lo hacía porque le gustaba la historia. Casi literalmente, su comentario fue el siguiente: ‘Yo la película la hago así cómo está, pero tengo un comentario. Siendo Adrián un productor de éxito, nuestros prejuicios empezaron a hacer sonar la alarma. ¿Qué nos va a pedir? ¿Que se cure Norma? ¿Poner a los protagonistas del último éxito televisivo? Con temor, y sintiendo que el proyecto se había terminado, le pedimos que nos diga su comentario”.

– El personaje de Rafael es un gran mediocampista, pero no es goleador.

– ¿Perdón? No es de fútbol el guión, Adrián.

– No, no, me explico. Le falta un motor. Parece que en todas las escenas está para tirar los pies. Que los demás son los protagonistas de cada escena, y él es el testigo. ¿Cuál es el motor interno de él?

Finalmente, y como una iluminación, había metido el dedo en la llaga del problema principal del guión. El personaje flotaba por las situaciones, lo llevaban de las narices. Hacía los pases y no metía ningún gol. 

Adrián continuó: «Creo que si él tuviera resentimiento con su madre, por temas pasados, que si hace años que no se hablan, y que ahora con su madre enferma ya no pueden hablar, sería un personaje más interesante«.

«Sólo ese comentario nos bastó para que viéramos todo frente a nosotros con total claridad Dos años, catorce bocetos y quinientos e-mails después, estábamos listos para empezar la pre-producción«, concluyó Castets.


El Elenco

Ricardo Darín, Eduardo Blanco, Héctor Alterio y Norma Aleandro estuvieron en la mente de la dupla Castets-Campanella desde el momento cero. Los demás integrantes del elenco llegaron al film luego de un extenso casting.

Sobre su llegada a la película, Norma Aleandro recordó a Norma Belvedere y su experiencia en la película  durante una entrevista en el ciclo “Personajes del cine argentino” emitido por CineAR:

“A mí me costó muchísimo decir que sí a esta película. Porque el personaje de Norma Belvedere, que es una mujer con Alzheimer, tenía mucho humor y a mí me rechazaba mucho que con un personaje con una enfermedad triste como es el Alzheimer hiciéramos humor pero Campanella me convenció porque su madre tenía ese problema y también tenía mucho humor. Lo había tenido estando sana y todavía conservaba esos chispazos aún estando enferma. Me llevó a verla y me convenció totalmente porque además esa historia de amor existía, era la historia de amor de sus padres de verdad”.   

Eduardo Blanco, quien da vida a Juan Carlos, el amigo de la infancia de Rafael, explicó para Minúscula que no recordaba exactamente cómo había compuesto a su personaje, “me obligan a hacer una memoria de más de veinte años”, pero al mismo tiempo contó que sus recuerdos de creación del personaje estaban muy unidos a una tragedia personal que ocurrió en la vida real de una familia que tenía similitudes con la que, en la ficción, tenía que vivir Juan Carlos:

“A mi personaje en la película había perdido a su mujer y a su hija en un accidente automovilístico; y recuerdo que para esos días, ocurrió durante una picada un siniestro que le costó la vida a una mujer y su hija. Recuerdo a la madre y al marido de esta mujer, sobre todo al marido que pedía justicia por su familia en los medios. Pensaba en esa tragedia que este muchacho vivió, que era algo parecido a la tragedia que Juan Carlos vivió en la ficción”, contó el intérprete.


El rodaje

Comenzó el 19 de marzo de 2001 en el barrio porteño de San Telmo y duró ocho semanas. La locación principal fue el Club Montañés que un inmenso trabajo de la dirección de arte transformó en el restaurant de la familia Belvedere.

Hay muchas escenas que hacen única a esta película y la mayoría de las escenas lúdicas están protagonizadas por Juan Carlos, que haciendo gala de su profesión de actor entra y sale de personajes según lo requiera la situación. Por ejemplo cuando cansado de que su amigo Rafael le diga telefónicamente “que no conoce ningún Juan Carlos” él se presenta en el restaurant diciendo ser el “Cabo Reyes”, investigando una denuncia contra el local, o esa vez que en el hospital y para acompañar a su amigo que estaba en terapia intensiva convence a la enfermera asegurando que es el “Doctor McCoy”, médico personal de Rafael Belvedere

Más allá de estas dos escenas que en lo personal me resultan insuperables, Eduardo Blanco eligió una tercera opción como la escena lúdica que más disfrutó rodar en la película y es la escena de los extras.

La escena se filmó en el Club Morán del barrio de Agronomía, Juan Carlos citaba a Rafael a un rodaje donde mientras participaban como extras, en el fondo de la sala él le confiesa que está enamorado de su novia lo cual deviene en la ira de Rafael que sigue a Juan Carlos y comienzan a pelearse mientras que la cámara enfoca al protagonista de la falsa película mientras dice un monólogo solemne. 

“Sin ningún lugar a dudas la que más me divirtió de esa película es la escena de los extras. Es un disparate tan grande porque todos sabemos que es imposible que en un rodaje pase eso, pero me parece que está tan bien filmada, tan bien hecha que resulta verosímil en el contexto de la película pero es tan disparatada, la idea de que alguien le vaya a confesar en ese contexto a un amigo que está enamorado de su novia. Me pareció muy divertida, es muy sacada esa escena pero es muy divertida», recordó Blanco sobre la escena.

Un detalle, el actor cuyo monólogo ocurre mientras “los extras” se pelean es Alfredo Alcón y quien lo dirige en esta secuencia es Adrián Suar, productor de la película.

Sobre la participación de Alfredo Alcón y Adrián Suar para la escena, Eduardo Blanco dijo: “Eso es una muestra de grandeza sobre todo de Alfredo, no por que de Adrían no, pero él finalmente era productor de la película, pero Alfredo que no trabajaba en la película ni era productor , ni tenía ningún interés en la película hace eso de gauchada y eso habla de su grandeza”. 


– ¿Cómo viviste el trabajo con tus compañeros y con el director?

– En todas las producciones que yo trabajé con Juan siempre se dio algo muy armónico. Porque él exige, sin imponer, una concentración tan grande en lo que es el trabajo en sí mismo que de verdad surge muy naturalmente la concentración y el disfrute del trabajo. 

En el caso de las historias que me ha tocado contar con él tanto en cine como en televisión como en teatro son todas historias que me han gustado mucho. No tengo nada en particular que destacar salvo que fue un rodaje muy placentero y muy exigente. A todos nos gustaba la historia que estábamos contando y además de un elenco, Norma Aleandro, Héctor Alterio, son gente que uno admiró toda la vida. 


Hacer cine es contar historias

Al preguntarle a Eduardo Blanco sobre los cambios en el modo de hacer cine dos décadas después del estreno del film, el actor respondió: Yo no estoy tan de acuerdo en que el proceso de hacer cine haya cambiado. Lo que cambió es la tecnología. Después se sigue tratando de lo mismo, de contar una historia y en el caso de las ficciones se trata de contar una historia a través de los actores y actrices que le damos vida a aquello que está en el papel o en la computadora. El proceso de trabajo sigue siendo el mismo, siguen pasando las mismas cosas entre los actores y entre el director. Las cosas no han cambiado mucho en ese sentido”

En relación al avance de la tecnología que entre otras cosas, permitió pasar del celuloide a los medios digitales, el intérprete cuenta: “Hay una cosa que me gusta siempre pensar en relación al avance de la tecnología y contar las historias y es que en el teatro todavía se siguen contando historias y el teatro existe muchísimo antes que la televisión y el cine. Ahí también pudieron cambiar muchas cosas pero creo que seguimos volviendo a eso que finalmente es lo más importante de todo, la columna vertebral siempre va a ser contar historias”.

“Tuvimos la inmensa suerte de que el público viera una buena película y no sabemos si era tan buena la que nosotros imaginamos, escribimos, re-escribimos, filmamos y editamos. La historia de Nino, Norma, Rafael, Nati, Juan Carlos y Vicki pudo tocar el corazón de muchos. Quizás por mérito de la película, quizás por un momento del mundo. Seguramente a causa de las dos cosas. Pero ninguno de nosotros pensó en algo más importante que compartir una tarde juntos, riendo y emocionándonos”, Fernando Castets – Juan José Campanella.

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