OPINIÓN

Jorge Guinzburg: recordando al amigo genial

A más de una década de la partida del más pequeño de los gigantes argentinos, que dejó el mundo llevándose el respeto de colegas y el amor inconmensurable de su público, homenajeamos a este genio de los medios que, a fuerza de talento e ingenio, se metió en el inconsciente colectivo de todos los argentinos.

Por Sebastián Romero


El 12 de marzo de 2008 una noticia nos tomó por sorpresa: Jorge Guizburg había fallecido. Nadie podía explicarlo, nadie quería creerlo. 

Jorge, el más pequeño de los gigantes argentinos, dejaba el mundo llevándose el respeto de colegas y el amor inconmensurable de su público. Ese, que a una semana de su partida organizó el “pogo de Jorge”, un encuentro en el Obelisco porteño para rendirle homenaje al conductor que desde su ciclo “Mañanas Informales”  instaló el pogo como una válvula de escape a la rutina diaria.

Ahora que hace más de una década que no está, desde Revista Minúscula queremos homenajear a este genio de los medios que, a fuerza de talento e ingenio, terminó metiéndose en el inconsciente colectivo de todos los argentinos.


Sus comienzos: simplemente Jorge

Jorge Guinzburg nació un 3 de febrero de 1959, fue periodista, guionista de radio, televisión e historietas – junto a su amigo, Carlos Abrevaya, escribieron  “Diógenes y Linyera”, ilustrada por Tabaré -, humorista y conductor de radio y televisión; por mencionar algunas de las cosas que hizo. 

Entre sus trabajos, se desempeñó como vendedor y manejó un taxi hasta que ingresó como redactor en una agencia de publicidad, donde llegó a ser director creativo. Tan grande era su creatividad que le sirvió para definir cuál es «el sabor del encuentro»; sabor que hasta hoy sigue siendo el mismo.


La realidad puede (y debe) ser tomada con humor: Nace «La Noticia Rebelde«

En 1984, junto a su amigo y compañero Carlos Abrevaya, llegó a las oficinas de ATC – hoy Televisión Pública – con una propuesta: “hacer un programa de actualidad que tratara las noticias con humor”. Pero la respuesta de los directivos fue contundente: Eso es muy similar a un proyecto que presentaron otros”, le dijeron.

Los otros eran nada más ni nada menos que Adolfo Castelo y Raúl Becerra, y a su encuentro partieron Guinzburg y Abrevaya.

Su primer encuentro ocurrió en un hotel del centro, más precisamente en el sexto piso del edificio de Córdoba 836 –  Córdoba y Suipacha -, a 150 metros de la avenida 9 de Julio en la Ciudad de Buenos Aires. Allí se gestó “La Noticia Rebelde”, el programa que en 1986 cambiaría para siempre la forma de hacer humor en televisión.

Peor es nada era un programa de sketchs de parodias de programas televisivos exitosos. En ese caso, Jugate conmigo.

Los programas televisivos y el miedo al estigma de La Noticia Rebelde

Jorge condujo algunos de los ciclos más inolvidables de la televisión argentina, como «Peor es Nada» junto a Horacio Fontova, que se mantuvo cuatro años al aire; hasta que llegó «La biblia y el Calefón» un programa donde Guinzburg reunía y entrevistaba en simultáneo (y haciéndolos interactuar) a cuatro figuras de las más  diferentes profesiones. Así, por ejemplo, pudo darse el mítico encuentro entre Joaquín Sabina, Charly García, Diego Armando Maradona y Graciela Alfano; todos reunidos en un estudio con público presente rindiéndose ante el ingenio del conductor. 

En 2004, en una entrevista en el ciclo “Tiene la palabra”, Guinzburg reflexionó sobre sus trabajos televisivos. “Cuando terminé de hacer ‘La Noticia Rebelde’, los años siguientes hice algunos programas que no tuvieron la misma repercusión y la gente me hablaba de ‘La Noticia Rebelde’. Pensé que iba a ser un estigma para toda la vida, hasta que llegó ‘Peor es Nada’, que fue un éxito también y creo que mayor que ‘La Noticia’. Era otro género, más popular y además estaba en un canal que se veía más», manifestó. 


Un periodista aplicado

Jorge Guinzburg sabía jugar cuando estaba al aire. Sabía entretener al público y llegar a sus invitados de una forma tan única que podía preguntarles o decirles lo que se cruzara por su mente y el resultado era inequívocamente una carcajada. Detrás de todo ese talento había un as bajo la manga: Jorge leía todo lo publicado sobre sus invitados.

Lo que lo hacía distinto era el humor repentino, inteligente y creativo, pero más que nada, la rapidez y la capacidad de escucha; un talento que no suele encontrarse en el periodismo en general y en la televisión en particular. Muy lejos de aquellos conductores que le piden a los productores que les escriban las preguntas con las que luego ellos se lucen, Guinzburg leía todo. Luego, escribía a mano las preguntas que formularía y finalmente se encerraba en una oficina a pasarlas a máquina”, cuenta Diego Igal , autor del libro «La noticia rebelde: una biografía«.

Una muestra de ese talento para las entrevistas pueden encontrarse cuando, por ejemplo, entrevistando a Norberto «Pappo» Napolitano en 1986 le preguntó: «Si parte del encanto de tus espectáculos es que rompas una guitarra o que pegues cadenazos al suelo, ¿qué sentido tiene escuchar un disco tuyo?«

Pappo rió y respondió: «No sé».


La risa como espada y como escudo

Cuenta Daniel Comba, su amigo y socio: “En una reunión con los empresarios que iban auspiciarnos una obra de teatro en Carlos Paz, Jorge les pedía una suma de dinero que, para ellos, ‘era demasiado’, y uno le preguntó: ‘¿Qué nos vas a dar por esta plata?‘. Como respuesta, se levantó, se alejó de la mesa, se dio vuelta y se bajó los pantalones: ‘Pídanme lo que quieran‘.

Un fanático del psicoanálisis: Desde el diván

Jorge Guinzburg trabajó durante muchos años en Clarín, donde aún hoy se publica la historieta que supo guionar, «Diógenes y el Linyera”. Allí también escribió sus columnas semanales llamadas “Desde el diván”, en donde relata sus encuentros y charlas con su psicoanalista. En 2005, estas columnas fueron recopiladas y publicadas bajo el títuloSesiones extraordinarias desde el diván”De ese libro es el fragmento que elegimos compartirles hoy para dibujar una sonrisa en su rostro.


«El país de mamá y papá» 

Entré al consultorio, me quité el piloto, lo colgué en el perchero, miré durante unos segundos cómo se iba mojando la alfombra y avancé hasta el diván. Me senté; no estaba en condiciones de acostarme.

Si en esa sesión no miraba a la cara a mi analista, no hubiera sido capaz de emitir una palabra. Sabía que lo que había descubierto podía cambiar el curso de mi terapia. Percibía que por primera vez estaba a punto de descifrar por qué me afectaba tanto no entender la realidad, algo que les pasa también a muchos políticos, sólo que a ellos no les importa.

Mirándolo a los ojos, le dije a mi terapeuta: «Mi mamá y mi papá me engañaron todo el tiempo». Y sin dejarlo pestañear fui desarrollando el nudo de mi angustia.

«…Y no fueron mentiras así nomás. Yo puedo perdonarles que me hayan asegurado que si tomaba la sopa iba a crecer, pero no esas calumnias que afectaron mi vida para siempre.»

Con la carga adicional de saber que no estaba recordándolas todas, comencé a enumerar las que aún resonaban en mi atormentado cerebro:

«Si te pasa algo en la calle, llamá a un policía, él te va a ayudar. Los ladrones le tienen miedo a la Policía.

Juez no es cualquiera, primero tiene que demostrar su honestidad y que es el mejor en lo suyo.

Para integrar un partido político tenés que tener la misma línea de pensamiento que el resto de tus compañeros.

Si querés ganar mucha plata tenés que trabajar muy duro. El que roba va a la cárcel.

La Argentina es un país rico, vos plantás un palo de escoba y crece una planta, por eso acá nadie se muere de hambre.

El banco es el lugar más seguro para guardar la plata.

Mis derechos terminan donde comienzan los de los demás y viceversa.

Un presidente, cuando asume, declara su patrimonio, y cuando termina su mandato no puede tener más que cuando asumió.

Después de trabajar toda la vida, el premio es que podés jubilarte y vivir sin laburar. «

Al llegar a ese punto, me arrepentí de verle la cara a mi terapeuta, él también estaba llorando mientras hacía añicos el retrato familiar que hasta ese día cuidaba como un tesoro.

¡Cuántos crecimos engañados en el país de mamá y papá!

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