RESEÑAS teatro

Siempre confié en la bondad de los desconocidos: ¿qué pasaría si la salvación llegara de alguien que todavía no conocemos?

El teatro independiente porteño hace algo que resulta revolucionario y es conseguir sentar a las personas en una misma sala para recordarles que todavía necesitan de los otros.

Esto ocurre en Siempre confié en la bondad de los desconocidos. Una obra diminuta en escala pero inmensa en humanidad, dirigida por Catalina Piotti, que encuentra en una vieja pensión venida a menos el escenario ideal para echar luz sobre la importancia del sentido de pertenencia, la empatía y la solidaridad.

Celeste (Andrea Isola) y Mercha (Beatriz Ferreyra) parecen venir de universos incompatibles. La primera, tiene códigos barriales empobrecidos y esa forma de expresarse está atravesada por la supervivencia. La otra, criada dentro de una especie de burbuja de cristal, hace alarde de sus modales refinados, referencias culturales elevadas y una sensibilidad moldeada por privilegios que ya no existen en su presente.

Sin embargo, ambas terminan compartiendo techo en una pensión deteriorada, lugar donde la vida decidió arrastrarlas para obligarlas a mirarse de frente.

En ese encuentro de altos contrastes aparece el mayor acierto del guión (a cargo de Andrea Isola, Catalina Piotti), que parece haber nacido con la decisión de hacernos entender que las clases sociales no desaparecen cuando se pierde el dinero. Persisten en los gestos, las palabras, los silencios y en la manera de habitar el dolor.

“Me gustó mucho la experiencia de escribir con otra dramaturga, armamos una muy buena dupla. Ella es muy talentosa y creativa. Nos complementamos y entendemos muy bien. Me nutre mucho tener otra mirada, creo que todo se potencia y enriquece”, celebra Piotti.

Catalina Piotti

La obra juega constantemente con esos códigos y los utiliza tanto para generar humor como para construir tensión dramática. El resultado es una conexión inmediata con el público, porque cualquiera puede reconocer algo propio en esas diferencias.

“El desarrollo de esta obra se dio un poco a la inversa de como suelo trabajar. Generalmente, escribo un material y luego busco al elenco. En esta oportunidad, Bea Ferreyra, amiga y actriz con la que he trabajado mucho, me convocó porque estaba iniciando un proceso de indagación sobre el vínculo entre dos amigas junto a Andrea Isola; y buscaban una dramaturga y directora para darle forma”, adelanta la directora sobre el origen del proyecto.


Nadie se salva solo

¿Quién no sintió alguna vez que no pertenecía del todo a un lugar? ¿Cuántas versiones nuestras siguen intentando encajar en mundos que ya dejaron de existir?

Siempre confié en la bondad de los desconocidos también pone el foco sobre una realidad poco representada en la ficción contemporánea: las pensiones como espacios de vivienda permanente y no simplemente como escenarios de tránsito.

En Argentina, la precarización habitacional viene creciendo de manera sostenida y las pensiones reaparecen como una de las pocas alternativas posibles para miles de personas.

Según datos recientes sobre crisis habitacional y acceso a la vivienda en Buenos Aires, el costo de alquilar incluso una habitación en una pensión ya supera en muchos casos el salario mínimo. Esa tensión social atraviesa toda la obra, desde sus personajes con sus vidas suspendidas que sobreviven compartiendo paredes finas y nostalgias gruesas.

Pero, Siempre confié en la bondad de los desconocidos hace leña del árbol caído y encuentra humanidad donde otros relatos tomarían la temática para acentuar el miserabilismo. Probablemente, ahí resida su gesto más político.

Además, en una actualidad donde los discursos sociales parecen empujar cada vez más hacia el individualismo, la obra insiste en algo encantador y es la idea de que nadie se salva solo.

En este punto, la amistad entre Celeste y Mercha funciona justamente porque ambas, estando en la misma situación, representan mundos distintos que aprenden a convivir sin anularse. La conciencia de clase aparece entonces como una etiqueta ideológica pero, también, como una herramienta de comprensión emocional.

La propuesta genera un ecosistema en el que el mandamiento principal es entender de dónde viene el otro y modificar la manera de mirarlo.

“El personaje de Celeste, interpretado por Andrea, tuvo una impronta, un estilo y una personalidad más definidos desde el comienzo. Por el contrario, Mercha fue mutando y encontrando su alma de a poco. Fue muy interesante el camino tanto de la construcción de sus individualidades como del vínculo”, suma Piotti

Desde los últimos años, se viene señalando el impacto positivo que tienen los grupos de identificación en la salud mental, especialmente en contextos de vulnerabilidad económica y aislamiento urbano.

La sensación de pertenecer (a un barrio, una comunidad, una red afectiva o incluso en una convivencia improvisada) disminuye los niveles de angustia y fortalece la resiliencia emocional. Esto es exactamente lo que la obra construye escena tras escena con este par de dispares intentando no desmoronarse del todo mientras aprenden a acompañarse.


Simbolismos y técnica

Durante el recorrido de la obra, aparece también el unicornio de cristal que Mercha conserva como amuleto y recuerdo de su padre. Ese diminuto objeto decorativo parece condensar todo aquello a lo que uno se aferra cuando la realidad cambia demasiado rápido.

Agrega la directora: “El símbolo del unicornio es un guiño, algo así como un homenaje a Tennessee Williams. Se podría decir que el unicornio del personaje de Mercha remite a esos mundos sensibles y un poco corridos de la realidad, donde la fantasía y la imaginación funcionan como refugio para quienes sienten que no terminan de encajar”.

Siempre confié en la bondad de los desconocidos, nunca subraya demasiado este elemento y justamente por eso funciona. El unicornio permanece ahí, frágil y cristalino, como una metáfora de los restos emocionales que todos cargamos.

Desde lo técnico, la iluminación merece una mención aparte. Buen porcentaje de la emocionalidad de la obra está sostenido por el trabajo lumínico, el cual acompaña con enorme sensibilidad, muchas veces pizpireto, los distintos cambios de clima. Genera intimidad, tensión y melancolía con una precisión admirable.

Lo mismo ocurre con el vestuario, que se luce acertado, coherente y conectado con el contexto narrativo donde cada prenda parece decir algo sobre el pasado de los personajes, incluso antes de que hablen.

Quizá, ahí, aparece otra de las grandes virtudes del teatro independiente y es su capacidad para construir universos inmensos con recursos mínimos. Buenos Aires sigue siendo una de las capitales teatrales más importantes del mundo hispano, especialmente gracias a su circuito off, compuesto por cientos de salas pequeñas donde el riesgo artístico todavía tiene lugar.  


“Para mí, hacer teatro independiente es una forma de vida y de estar plantado frente al mundo. Algo que no muchos comprenden«,

Catalina Piotti.

«Por supuesto que no es un camino fácil porque hay que remarla un montón, pero al final de la jornada, sobre todo cuando tenés un mal día o cuando la hostilidad del mundo te juega una mala pasada, le encontrás un sentido a la existencia”, concluye Piotti.

El teatro independiente no recurre al gigantismo visual para producir impacto emocional, sólo necesita verdad y esta obra la tiene de sobra. Logra detenerse en las grietas humanas, raspar el fondo de las ollas y derribar los palacios de cristal para hablar sobre el poder del humanismo cuando las personas sienten que ya no tienen demasiado para perder.

Siempre confié en la bondad de los desconocidos deja una pregunta como tarea para el hogar: ¿qué pasaría si la salvación llegara de la bondad inesperada de alguien que todavía no conocemos?

Se están presentando en Paraje Artesón (Palestina 919 – CABA) y podés conseguir tus entradas tocando acá.


Ficha técnica

Dramaturgia: Catalina Piotti; Andrea Isola

Elenco: Andrea Isola; Beatriz Ferreyra

Asistencia de dirección: Milagros Cianciarulo

Teatro: Paraje Artesón


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