Esta nota es personal y política, con el apoyo de Minúscula para amplificar una historia que su protagonista decidió contar.
Antes de todo esto
Quienes la conocen saben que Guadalupe Lamas transforma cualquier momento y lugar en uno donde da ganas de quedarse. Siempre fue la amiga que estaba, la que llegaba primero y se quedaba hasta el final, la que decía que sí.
Se crió en Buenos Aires junto a sus padres y tres hermanos, fue a un colegio católico y después a la universidad, donde hizo una carrera de grado impecable. Sus 35 años guardan una vida de entrega desinteresada a su familia, a sus amigas, al estudio, al trabajo y a su hijo. Cuando se recibió, a los 21, decidió dejar el título de lado para emprender un viaje soñado, recorrer Latinoamérica y vivir cerca del mar. Lo planificó, trabajó, trabajó y trabajó aún más, ahorrando lo que pudo, durante años.

Cómo empezó
Hace diez años se instaló en un pueblo al norte de Brasil. Ahí lo conoció. Era un argentino que vivía sin apuro, sostenido por una familia que le bancaba una vida sin responsabilidades. En ese entonces ella promediaba entre dos y tres trabajos al mismo tiempo. Con menos de 30 años, Guadalupe buscaba lo que él parecía tener, una vida con menos peso y sin urgencia. Al poco tiempo empezaron una relación, pero lo que vino después no se parecía en nada a lo que ella había buscado.
Desde el principio hubo señales confusas, celos que parecían cuidados y una posesión incipiente que confundió con amor. Esas señales se fueron filtrando en la rutina hasta volverse cotidianidad. Y eso es justamente lo que hace que la violencia psicológica sea tan difícil de ver desde adentro; porque llega en capas, cada una un poco más pesada que la anterior, hasta que el peso se vuelve familiar.

Cómo opera la violencia
Ese mecanismo se llama control coercitivo y es un patrón que combina el aislamiento gradual, la vigilancia, la humillación y las amenazas de manera tan dosificada que la persona que lo vive termina dudando de su propia percepción de la realidad. Es el mecanismo que explica por qué alguien tan autosuficiente, tan acostumbrada a resolver, tan poco dada a depender de otros, no pudo ver lo que estaba pasando hasta que ya era muy difícil salir.
La ley 26.485 de Protección Integral a las Mujeres define la violencia psicológica como todo acto que busque degradar o controlar mediante amenaza, manipulación o aislamiento. En su caso, primero fue un comentario que dolía, pero siempre había una explicación; después una restricción que parecía razonable, hasta que aparecieron los golpes y el miedo. Poco a poco dejó de poder saludar a sus conocidos en la calle, cada foto en redes era una discusión, cada intento de independencia se pagaba caro.
Y entonces quedó embarazada y vino la confirmación más brutal de que el control nunca había sido amor. La violencia escaló, ella pasó a ser la que sostenía económicamente el hogar, la que iba a retirar al banco el dinero que él recibía de su familia porque ella tenía residencia y él no, y la que cargaba a su hijo en la panza con temor al próximo golpe. Atravesó violencia física y sexual, experiencias que no pudo contar y que su cuerpo guardó con fidelidad.
Volvió a Argentina unos meses antes del parto y empezó a reconstruir su vida, con dos trabajos en simultáneo y una rutina para criarlo con las herramientas que tenía. Durante años, esa imagen de mujer trabajadora y alegre fue también su manera de sobrevivir, sosteniendo afuera lo que por dentro se iba rompiendo, cargando sola con el dolor y la violencia que el padre de su hijo le hacía llegar desde cualquier distancia, sin importar cuántos kilómetros pusiera de por medio.
La otra batalla
Después del nacimiento emprendió rumbo hacia otra cima en cuesta arriba y, esta vez, contra el sistema que debía protegerla. Pasó ocho años entre abogados, jueces y audiencias reclamando la cuota alimentaria y el régimen de comunicación (los días, los horarios, las vacaciones). Todo eso que en teoría quedó acordado y homologado por un juez, en la práctica nunca se cumplió, ni la cuota ni la comunicación.
Por otro lado están las denuncias por violencia, que implican otro trámite, otro expediente. Se hacen en la comisaría, se pide la prohibición de acercamiento, y se vence a los pocos meses. Hay que volver a empezar. En algún momento lo intentó y puso a su padre como intermediario para que no hubiera contacto directo, pero resultó una arquitectura de parches para un problema que el Estado no resolvió.
Esto también tiene nombre y marco legal. La ley 26.485 define la violencia institucional como aquella ejercida por funcionarios y agentes del Estado que retarda, obstaculiza o impide que las mujeres accedan a las políticas públicas y ejerzan sus derechos. Ocho años sin soluciones, con acuerdos homologados que nadie hace cumplir es el sistema funcionando como funciona para muchas mujeres en Argentina, donde los ingresos informales de un hombre se vuelven su mejor defensa, y donde una madre tiene que inventar sus propios mecanismos de protección porque los que existen no alcanzan.
La decisión de hablar
El 11 de julio, Guada tomó una decisión que venía postergando, escribió su historia y la publicó en sus redes sociales. Durante años creyó que el silencio era una forma de proteger a su hijo, pero hoy sabe que eso no alcanza. Cansada de buscar en la justicia un límite que ningún juez le dio, alzó su voz con la claridad y valentía construidas a lo largo de años de sobrevivir y de decidir, una y otra vez, seguir. Hoy, quienes la queremos lo hacemos con el miedo concreto de conocer su historia y las estadísticas en materia de violencia de género.
“Vengo a contar toda mi verdad y mi realidad, la cual no tiene nada que ver con la sonrisa y la vida que muestro hace años cuando por dentro no tengo más ganas de nada. No estaría haciendo esto si fuese algo que quedó en el pasado«.
manifestó en su testimonio.
Su historia atraviesa todas las violencias que nombra y define la ley 26.485: la psicológica, que llegó disfrazada de amor; la física y la sexual; la económica, que convirtió su propio esfuerzo en sostén del agresor y que continuó, después de la separación, en el incumplimiento de las obligaciones más básicas hacia su hijo; y la institucional, que llegó cuando pidió ayuda y recibió burocracia, demoras y la obligación de seguir vinculada a quien la dañó. Todas estas violencias son capas del mismo mecanismo y juntas componen el retrato más completo de lo que este sistema permite.
Su historia podría ser la de cualquier mujer, porque el sistema que la dejó sin respuesta durante diez años es el mismo que protege a los hombres con impunidad, en una cultura que durante siglos normalizó el control como forma de amor. Son las mujeres las que buscan solas la salida que el Estado les debe.
Los números lo confirman. Desde el primer Ni Una Menos en 2015 hasta mayo de 2026, Argentina registró al menos 3.205 víctimas letales de violencia de género; una cada 31 horas, según el Observatorio «Ahora Que Sí Nos Ven». En el 66% de los casos, el agresor era la pareja o ex pareja de la víctima.
“Llevo 10 años callada, por miedo, por el que dirán y por creer que callada protegía a mi hijo»,
expresó en su publicación.
En 2024, Gisèle Pelicot se sentó frente a su agresor en un tribunal francés y eligió que el juicio fuera público. Dijo algo que desde entonces resuena: «la vergüenza debe cambiar de bando». Este fin de semana Guadalupe Lamas buscó lo mismo, se negó a seguir cargando con una vergüenza que nunca fue suya.
Y hoy desea tres cosas: paz, volver a viajar por el mundo y disfrutar su vida. Lo mismo que soñó cuando se recibió a los 21, con el título en mano y el mar en el corazón. Una vida que nunca dejó de merecer.
Si estás atravesando una situación de violencia de género o conocés a alguien que la atraviesa, podés comunicarte con la Línea 144, disponible las 24 horas, los 365 días del año, en todo el país. Es gratuita y confidencial.





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