CINE RESEÑAS

El diablo viste a la moda 2: cuando la nostalgia viste mejor que la revolución

Hay películas que regresan para continuar una historia. Otras, en cambio, vuelven para comprobar si el tiempo todavía las recuerda. Y la comedia que regresó después de 20 años parece debatirse constantemente entre ambas intenciones.

Pasaron dos décadas desde aquella primera entrega que convirtió a Miranda Priestly en un ícono cultural, redefinió el cine ligado a la moda y dejó frases que todavía sobreviven en memes, reels y conversaciones diarias.

Pero esta segunda parte llega en un contexto completamente distinto ya que el mundo editorial atraviesa una crisis profunda, los medios mutaron hacia formatos digitales, las redes sociales alteraron la manera de consumir contenido y la inteligencia artificial ya empezó a poner en discusión el trabajo creativo y comunicacional.

Durante sus primeros minutos, El diablo viste a la moda 2 promete justamente abordar esa problemática. Lo que podría haberla convertido en la segunda parte de una gran comedia pero que, además, aborda un tema que nos atraviesa a todos.

La historia cruza, nuevamente, la vida de Miranda con la de Andy Sachs luego de que esta última perdiera su trabajo en un escenario mediático devastado por despidos, fusiones y transformaciones digitales.

Por otro lado, la revista Runway ya no representa el mismo poder que hace dos décadas atrás y el film instala rápidamente preguntas interesantes: ¿qué lugar ocupa hoy una revista de moda en un ecosistema dominado por algoritmos, influencers e inteligencia artificial? ¿Cómo sobreviven los medios impresos cuando el consumo cultural cambió radicalmente?

Si bien las anteriores son preguntas potentes, para sorpresa de muchos, la película apenas las acaricia, porque aunque abre la puerta hacia una lectura sobre la crisis contemporánea de los medios de comunicación, rápidamente decide dejar esos temas en segundo plano para volver a refugiarse en la dinámica emocional entre Miranda y Andy.

Y ahí aparece la principal contradicción de esta secuela, al servir la mesa con una entrada caliente sobre el colapso de una industria y terminando de traer un plato principal más tibio, priorizando el reencuentro nostálgico de personajes que no cambiaron sustancialmente desde la primera entrega.


Eso no significa que la película no funcione

Durante gran parte del metraje, la comedia funciona muy bien. Sobre todo gracias al magnetismo intacto de Meryl Streep, que vuelve a construir a Miranda Priestly con una elegancia feroz, casi quirúrgica.

Veinte años después, su personaje conserva la misma capacidad para dominar cada escena con apenas una mirada o una pausa incómoda. Miranda sigue siendo intimidante, sofisticada y magnética, pero ahora también aparece atravesada por una vulnerabilidad nueva: el miedo a quedar obsoleta.

Ese detalle – destapar su fragilidad – es, quizá, uno de los aciertos más interesantes de la película porque mientras el mundo cambia alrededor suyo, Miranda intenta sostener una estructura editorial que parece a una época ya extinta. Aunque el film no profundiza demasiado en esa problemática, alcanza para dejar flotando una lectura inevitable sobre el presente de los medios.

Según datos del Instituto de Estadística y Censos de la Ciudad de Buenos Aires, la circulación de diarios y revistas impresas viene cayendo sostenidamente desde hace más de una década.

A nivel internacional, informes recientes señalan cierres de ediciones impresas, redacciones reducidas y medios históricos obligados a reinventarse frente al avance digital y los cambios en los hábitos de consumo.  

Pero, paradójicamente, mientras algunas publicaciones desaparecen, otras intentan sobrevivir fortaleciendo modelos híbridos entre papel, suscripciones digitales y contenido multimedia. Como es el caso de El País que, en 2025, cerró un año récord con el mayor crecimiento de lectores entre los grandes periódicos y más de 450.000 suscriptores.

Todo ese universo estaba servido para que la película construyera una reflexión mucho más filosa sobre el presente de la comunicación y el periodismo de moda. Pero elige otro camino.


¿Qué camino eligió la segunda entrega?

Durante casi el primer cincuenta por ciento del film, la narrativa parece demasiado apoyada en referencias a la primera parte, estrenada en 2006, haciendo guiños visuales, frases recicladas, reapariciones de personajes y situaciones pensadas para activar la nostalgia del espectador. Un recurso que le quedó acertadísimo.

Aunque, por momentos, esa insistencia podría terminar jugando en contra, como si la película necesitara recordarnos constantemente que alguna vez fue importante. Recién después de aquella primera mitad es cuando la secuela comienza a encontrar una identidad propia.

Ahí aparecen conflictos interesantes, tensiones nuevas y una dinámica narrativa menos dependiente del recuerdo. La película gana ritmo, se vuelve más divertida y logra construir escenas donde el universo de Runway vuelve a sentirse vivo y actual.

Parecía, también, ser el momento en que los grandes temas que había insinuado al inicio – la crisis editorial, la transformación digital, la inteligencia artificial y el cambio cultural generacional – terminaban relegados al asiento del copiloto.

El conflicto central pasa entonces por el control de la revista y las relaciones de poder entre personajes, dejando en segundo plano la posibilidad de explorar cómo cambió el ecosistema mediático en las últimas dos décadas.

En ese recorrido, Anne Hathaway ocupa un lugar curioso dentro de la estructura de la historia. Si en la primera película Andy era claramente el centro emocional y dramático del largometraje, en la segunda parte funciona más como una especie de puente entre distintos microuniversos narrativos. Su personaje pasó de liderar el relato a, veinte años después, ser puente de conexión entre conflictos ajenos mientras se mueve entre ellos con naturalidad.

Y aunque el film le suma una nueva relación amorosa, esa subtrama aparece apenas esbozada, casi como un requisito genérico de la comedia romántica contemporánea más que como un vínculo verdaderamente desarrollado. Por su parte, Hathaway encarna con magnificencia a su personaje

Quien sí vuelve a destacarse con enorme soltura es Stanley Tucci. Cada una de sus intervenciones tiene timing, sofisticación y humanidad. Su personaje continúa funcionando como uno de los grandes equilibrios emocionales de la saga, capaz de generar humor, ternura y lucidez dentro del caos competitivo de la industria de la moda.

También sorprende positivamente Emily Blunt, que logra actualizar a Emily Charlton sin perder la esencia del personaje original. Su evolución resulta creíble, madura y muy bien lograda.

Dentro de las incorporaciones nuevas, la breve participación de Lady Gaga aporta una energía inesperada. Su aparición dura poco, pero alcanza para construir uno de los momentos más frescos y descontracturados de la película cuando tiene un cruce de palabras con Miranda.

Sumado a eso, si hay algo interesante que El diablo viste a la moda 2 deja flotando en el aire es la sensación de que muchas industrias creativas todavía están intentando entender cómo sobrevivir a un mundo donde todo cambió demasiado rápido.

Quizás, por eso es que la película se siente más cómoda mirando hacia atrás que imaginando verdaderamente el futuro. Y ahí aparece su mayor virtud y también su principal debilidad.

Porque aunque prometía convertirse en una reflexión incómoda sobre la transformación de los medios, termina siendo una película profundamente nostálgica. Una que entiende perfectamente el valor emocional de sus personajes, pero que no se anima del todo a llevar hasta las últimas consecuencias las preguntas contemporáneas que ella misma pone sobre la mesa.

En conclusión, la segunda parte de la comedia más aesthetic de los últimos años no revoluciona el universo de Runway ni resignifica completamente la historia original. Pero sí logra algo difícil de conseguir y es reencontrarse con personajes icónicos sin destruir el recuerdo que el público tenía de ellos.

De lo que sí no hay duda es que, bajo la dirección de David Frankel – tanto en 2006 como en 2026 -, El diablo viste a la moda se convirtió en un ícono cinematográfico que sigue estando vigente engalanando la historia de la comedia en la pantalla grande.


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