COLUMNA

Re-unite

¿En cuántos lugares estás a la vez?


Hace un rato fui a la verdulería. Es un local donde venden fruta y verdura orgánica, directo de los productores. Todo muy bonito. Mi idea era pasar un momento, comprar tres cosas para la cena y volver rápido a casa, para sentarme a escribir. Ya sé, suena romantizado; es real. Empezamos a hablar con Lucas, dueño del local, y la charla se puso muy interesante. Mientras, mi cuerpo se quería ir.

En cada respuesta, dudaba entre dos opciones: ¿elijo la contestación amable y ajena que cierra rápido la charla, o me arriesgo a hablar de verdad? Por suerte, y no siempre me pasa, decidí olvidar por un rato mis planes y ceder a lo que estaba ocurriendo.

Al final, Lucas me dijo: “Qué buena charla. Gracias”. También le agradecí y me fui satisfecho por esa pequeña victoria sobre mí mismo. Lo que pensaba escribir al volver cambió.

¿Qué calidad de atención le dedico a cada cosa que hago? Eso es lo que tengo en mi mente ahora. Me gusta mucho observar los cuerpos, porque en general son más honestos que las palabras.

Prestá atención a lo siguiente: a veces, mientras estamos conversando con alguien, nuestro torso y nuestra pelvis estándirigidos hacia otro frente. Hacia la salida, en general. Observá cuando alguien con quien estás hablando hace eso. Sus palabras dicen “estoy acá”, pero su cuerpo dice “me quiero ir”.

A veces sucede que realmente no queremos estar ahí. Hay muchas ocasiones, no obstante, en las que el cuerpo está manifestando la ansiedad de nuestra mente. Tener el celular sobre la mesa cuando estamos con alguien, incluso si lo ponemos boca abajo, es lo mismo que dirigir nuestro torso hacia la salida.

El mensaje implícito es “estoy acá, pero no del todo. Una parte de mí necesita estar en otro u otros lugares y esta pequeña pantallita negra, este espejo negro, me lo recuerda”. Estudios recientes indican que la sola presencia del celular en la habitación, aunque no lo estemos chequeando, disminuye nuestra capacidad cognitiva. ¿Por qué? Una parte de nuestro cerebro sabe que está ahí y permanece atenta a ese asterisco que ponemos a nuestra presencia.

No voy a hablar acerca de los celulares y las redes sociales en profundidad. Eso lo dejo para otro artículo. Hoy, prefiero concentrarme en su antítesis: la presencia.

¿Alguna vez te pasó hacer el amor mientras pensabas en otra cosa? Debe ser una de las experiencias más mezquinas que hay. Si no tomamos consciencia en el momento y con humor nos traemos de vuelta desde la estratósfera o, en su defecto, paramos el acto y ponemos una serie, nos sentimos vacíos y miserables después.

Eso es lo que transmitimos cuando estamos a medias. Hablamos con un amigo o jugamos con nuestros hijos mientras repasamos la lista de los pendientes o rumiamos sobre una respuesta que deberíamos haberle dado a alguien con quien discutimos una semana atrás. ¡Qué infierno!


Tal vez ese sea nuestro calvario contemporáneo: estar condenados a deambular por un millón de lugares, sin estar de verdad en ninguno de ellos.


¿De dónde viene esto? Dije que no iba a hablar acerca de los celulares y las redes porque creo que su auge se monta sobre un paradigma cultural previo.

“El tiempo es oro”. Sí, estimada lectora. La famosa frase que hemos escuchado y repetido tanto sin darnos cuenta de que la estábamos internalizando. No por nada el modelo de organización espacial y temporal de nuestras escuelas proviene de la revolución industrial.

Si el valor de nuestro tiempo se mide en función de su productividad, cada espacio de nuestra vida tiene sentido en tanto genere beneficios. En consecuencia, aprendemos a vincularnos de manera transaccional. El tiempo no productivo pasa a ser tiempo que “regalamos” a alguien o algo, acentuando así que con generosidad estamos aceptando no usufructuar por ese intercambio.

Sobre esta piedra angular se erige una montaña de consecuencias. Empezamos a cultivar la obsesión compulsiva de no perder el tiempo. Si no gano lo suficiente, me empecino por hacer más cosas para ganar más.

Muchas veces participo “por las dudas”, evaluando los potenciales beneficios que podría tener mi presencia en un lugar. Si, por el contrario, gano suficiente y más, empiezo a sumar cosas para diversificarme, porque nunca es bueno poner todos los huevos en la misma canasta. ¿Y nuestro bienestar? También monetizado por la cultura de la optimización.

Tememos la calma porque significa que podríamos estar haciendo algo para estar mejor. Así, dejamos de habitar el tiempo y nos volvemos mercaderes de horas, minutos y segundos.

¿Te das tiempo en algún momento para hacer nada? Respirá un instante. No todo está perdido. En absoluto. El antídoto está a mano, es universal y gratuito: la presencia.

¿Esperabas algo más grandilocuente? Así de simple como suena, es lo más difícil de lograr. Los seres humanos cargamos con el don y el ancla de la consciencia, que nos hace sabedores del futuro y observadores de nuestros propios actos y pensamientos. Nuestra gran búsqueda sempiterna (quería usar esa palabra) es estar aquí, ahora.

Aquí, ahora.
Aquí, ahora.

¿Ves? Se fuga todo el tiempo. Si lo pensamos, ya es pasado. Si lo buscamos, es la fantasía de un futuro. La presencia, entonces: ¿es un don, o una habilidad? Ninguna de las dos.

Es un hecho. Estamos acá. De eso no hay dudas. Porque sabemos que estamos acá es que todo se complica. No podemos entrenar el presente porque se escapa en tanto somos conscientes de él. Lo que sí podemos trabajar es nuestra capacidad de remover obstáculos, excusas y artilugios que nos quiten del presente, para que luego suceda tal como es, imperturbado por nuestros análisis y quimeras.

No te dejes engañar: hay personas que parecen estar presentes solo porque hacen mucho ruido. Prestá atención: ¿recuerdan las charlas que tuviste con ellas? ¿Preguntan? ¿Escuchan? Hacer de más es una forma de vender presencia. Y es algo que todos hacemos.

¿Dónde está nuestro presente, entonces? Ahí donde no hacemos. Esto no es apatía ni inacción, sino detenernos para que las acciones sucedan a través de nosotros, ajenas a nuestra búsqueda incansable de lograr algo.

Ser por hacer y hacer por ser. Ahí está, además, la fuente de nuestra creatividad esencial. De ahí, sólo de ahí, surgen las decisiones que pueden conducirnos a una vida genuina.

¿Es fácil? Cuando lo pensamos, no. Cuando ocurre, es tan sencillo que ni siquiera nos damos cuenta. Como este silencio en el que ahora te dejo.


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