Una escena cotidiana en la calle abre una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando empezamos a cuestionar las reglas de un juego que llevamos siglos jugando?
Pensar nuestras relaciones como un juego puede revelar algo incómodo: durante mucho tiempo, no todos jugaron con las mismas reglas.
Salgo de un bar pensando en una amiga que prácticamente vive en los cafés. Me cruzo con una persona que camina rápido delante de mí. Tiene el mismo pelo, el mismo andar. Por un momento, creo que es ella.
Va unos veinte metros adelante, a paso picado. Se cruza con un hombre que se da vuelta para mirarla y le dice algo. Sigue. Cruza la esquina. En la cuadra siguiente, otro hombre la mira de arriba abajo y le hace un comentario, desviando su trayectoria para acercarse.
Ella no cambia su ritmo ni su dirección.
Doblo en la esquina y dejo de verla, pero me queda una pregunta: ¿cuántas veces le sucederá esto cada día? ¿Cuántas veces le habrá ocurrido a lo largo de su vida, como para desarrollar esa capacidad de aparentar indiferencia?
Mientras camino, pienso en que durante mucho tiempo, las reglas no fueron las mismas para todos.
Dirás, diréis, dirán: ¿no se supone que esta sea una columna sobre creatividad, juego y narrativas aplicadas a la vida cotidiana? No hay de qué preocuparse, no olvidé mi contrato. Síganme un momento; vamos a llegar.
Quiero recordarles un viejo lema: “La imaginación al poder”, la pegadiza consigna del mayo francés.
Más allá de su tono idealista, la frase porta una idea muy concreta. Nuestros contratos sociales no son estructuras intocables, no son leyes naturales ni mucho menos divinas. Son productos de la imaginación humana. Si hemos imaginado ciertas reglas, también podemos imaginar otras.
Puede ayudar hacernos dos preguntas simples:
¿Qué juego estoy jugando? y ¿Quiero jugar este juego?
La primera nos invita a observar las reglas que estamos aceptando, sepámoslo o no. La segunda nos devuelve la posibilidad de intervenir sobre ellas.
Para que el juego sea juego, hay algunas condiciones básicas: seguridad física y psicológica para quienes participan, consenso en las reglas y condiciones mínimas que permitan involucrarse de verdad. Además, el juego libre es una actividad no transaccional, es decir que vale por sí misma, no porque alguien gane algo a costa de otro.
Miremos con honestidad la mayor parte de la historia humana. A todas luces, el juego que los hombres propusimos a las mujeres no cumple esas condiciones. Fue un juego basado en la opresión física y psicológica, con reglas decididas unilateralmente, sin consenso y con un objetivo bastante claro: preservar nuestra comodidad y nuestro estatus.
Recordemos que en algún momento la esclavitud también fue legal y estaba avalada por los dioses. ¿Y quién decide cómo hablan las leyes y los dioses? Eso debería volvernos cautos cuando escuchamos argumentos que apelan a la naturaleza, al destino o a la voluntad divina para justificar jerarquías humanas. ¿Realmente existe un pueblo elegido? ¿Una etnia elegida? ¿Una clase elegida? ¿Un género elegido?
Me resulta curioso que cada vez que aceptamos alguno de esos juegos, quien escribió las reglas resulta ser quien se beneficia de ellas.
Durante mucho tiempo, a los hombres nos fue cómodo convertir a las mujeres en criaturas sumisas y serviles. Noten que digo “convertir”, ya que ningún ser humano nace así. Hoy, no hay justificación que se sostenga. Más bien podríamos invertir la pregunta: ¿desde qué punto de vista resulta discutible que una persona — sea del género que sea — pueda decidir con quién y cuándo tener sexo, si quiere o no tener hijos, cómo y de qué trabaja, si quiere o no estar en pareja, cómo quiere vivir su vida?
Entiendo que estos cambios generen incomodidad. Al fin y al cabo, todos recordamos algo de la infancia:
—Quiero ese juguete.
—Pero no es tuyo.
Sólo que aquí, claro, no hablamos de juguetes, sino de un juego entre personas.
¿Cuál es entonces nuestro rol como hombres?
Quizás empezar por el sencillo reconocimiento de que durante demasiado tiempo nos beneficiamos o miramos para otro lado. Escuchar el enojo que inevitablemente aparece cuando una injusticia se vuelve visible. Colaborar, con algo de humildad, en imaginar un juego mejor. La paradoja es que también salimos beneficiados de este nuevo juego.
Todavía queda mucho por explorar. Mucho por aprender. ¿Podemos realmente elegir qué juego jugar cuando nacemos dentro de ciertas reglas? ¿Es esperable que todos cambiemos de paradigma al mismo tiempo?
Respondo esas preguntas con otra más simple: ¿Por qué no?
Somos capaces de incorporar tecnologías que transforman nuestra vida en cuestión de meses. Nuestra adaptación social, comparada con eso, es un esfuerzo bastante menor.
Voy a dejarles una pequeña propuesta. Un desvío de aquella consigna del mayo francés. Sí, es idealista, pero ¿qué son los sistemas sino ideas?
El juego al poder.
Un juego que sea verdaderamente juego: seguro, libre y compartido para todas las personas.
Porque la realidad a la que muchos aún se resisten es que el juego no está cambiando; el juego ya cambió.
Hasta la próxima. Claridad y buen juego para ustedes.
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