Es pasada la medianoche. En El Bolsón, Río Negro, nadie duerme. En Chubut, a unos kilómetros de distancia, tampoco. El fuego, que empezó hace tres días en Puerto Patriada, en El Hoyo, avanza sin descanso.
Como una bestia que despierta, el fuego devora todo lo que encuentra a su paso: bosques, casas, silencios. No entiende de límites ni de pausas; crece, y sigue. Las llamas caminan empujadas por el viento, y el paisaje, antes verde, ahora arde bajo un cielo cargado de ceniza.
El incendio no cede, y mientras tanto, la tierra espera, herida, y defendida por brigadistas y vecinos, que llegue la lluvia o el alivio. No pasa hasta que pasa.
Durante años vi incendios por televisión: imágenes repetidas, placas rojas, palabras urgentes que se diluyen cuando cambia el noticiero. Siempre lejos. Siempre otros. Impotencia ajena, miedo administrado, nervios que no terminan de calar hondo.
Esta vez no. Esta vez el fuego está a un par de kilómetros. Esta vez me toca ver el avance día tras día, casi con rutina, como si el desastre también aprendiera a organizarse.
Me desperté en un día completamente complejo. Desde el lugar donde me estoy quedando, el Cerro Piltriquitrón ya no se veía. No estaba cubierto de nubes: estaba tapado de humo. Un paisaje borrado, reemplazado por una niebla espesa que arde en los ojos y en la cabeza. Ahí es cuando la distancia se rompe.
Pienso qué hacer. Cómo ayudar. Qué lugar ocupa una cuando el incendio avanza y una apenas puede mirar. Salgo a comer y en el lugar al que voy un cartel avisa que las propinas son para los brigadistas. Dejo más de lo que tenía pensado. No porque alcance, sino porque no alcanza nunca.
Después de eso aparece la necesidad de escribir. Escribir para que entiendan. Escribir para que sepan. Porque esto no es una excepción, no es un accidente aislado ni una postal trágica del verano. Esto ya pasó. Y vuelve a pasar.
Y mientras el fuego arrasa, lo urgente tapa lo importante, hasta que el humo se disipa y el silencio vuelve a ganar espacio. Pero la tierra queda. Quemada. Y la pregunta también: ¿por qué siempre reaccionamos cuando ya es tarde?
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