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“Cromañón nos pasó a todos”: memoria viva, juventud y una obra que vuelve para nombrar lo que no se puede olvidar

A veinte años de la tragedia que marcó a una generación entera, Cromañón nos pasó a todos vuelve a la escena porteña para seguir preguntando, incomodando y abrazando. La obra escrita y dirigida por Gustavo Moscona regresa en su cuarta temporada con dos funciones especiales —el 6 y el 13 de diciembre— en El Sabato Espacio Cultural, convocando a un público que no deja de renovarse.

Declarada de Interés Cultural por la Legislatura porteña, la pieza propone una experiencia frontal y humana, donde el teatro, la música, el movimiento y la palabra se cruzan para construir un territorio de memoria activa. Nada se replica: lo que ocurre sucede ahí, entre artistas y espectadores, como un gesto irrepetible que cada función vuelve a resignificar.

Con veinte intérpretes en escena y un dispositivo que borra la distancia entre cuerpo y mirada, Moscona apuesta a un teatro vivo, sin solemnidad, sin golpes bajos, pero con una sensibilidad que atraviesa. En diálogo con El Walkman, el director repasa el origen del proyecto, los desafíos de narrar un hecho tan doloroso y lo que espera que el público encuentre —y se lleve consigo— en este reencuentro necesario con la memoria.



Cromañón nace después de un cuento que escribí, «Esa toper blanca«, que forma parte de un libro que publiqué con ese mismo título. Cuando presenté el libro y empecé a escuchar las devoluciones de la gente, sentí que había fragmentos del cuento que podían convivir dentro de una obra.

Además, me parecía que necesitaba ser un proyecto con mucha gente involucrada. Yo vengo del teatro comunitario y sentía que tenía que ser una mezcla: actores, actrices, músicos, y también sobrevivientes, familiares o personas cercanas a quienes fallecieron. Así surgió la idea de crear la instalación Cromañón, como un espacio vivo donde todas esas voces pudieran encontrarse.


Fue un desafío enorme. Cuando uno trabaja con memoria —y más aún con un hecho tan doloroso— hay un compromiso muy grande: no caer en el golpe bajo, no convertir el dolor en espectáculo, no volverlo solemne.

Para nosotros no se trataba de mostrar la muerte, sino de vivir esas vidas, aunque fuera de manera ilusoria: pequeños fragmentos de tantos pibes y pibas que murieron. Ése fue siempre nuestro compromiso.

Por eso hay música, por eso en ciertos momentos hay risa, por eso hay instantes en los que incluso se ve a la gente saltando. Queríamos una memoria activa, una memoria que se mueve, que acciona. Un espacio donde todas las voces y todas las interpretaciones sobre Cromañón pudieran estar presentes. Eso era lo que buscábamos llevar a escena.



-La verdad es que la obra me sigue sorprendiendo. Este año se sumó mucha gente joven, fue un público distinto, y en ese sentido, claro, seguimos sorprendiéndonos. Después de la función se acercó el colectivo “Cromañón también enseña”; habló un sobreviviente y otro prefirió no hacerlo.

La respuesta del público continúa siendo profundamente conmovedora. Mucha gente se acerca a contarnos qué estaba haciendo ese día. Y también hay jóvenes que no lo vivieron, pero que encontraron en la obra un complemento sensible a lo que vieron en la serie o lo que les había llegado por otros medios.

Este año tuvimos más visibilidad gracias a Kevin y Lin, y a la prensa. Nunca habíamos tenido tanta repercusión como ahora, y eso nos alegra porque nos da fuerza para seguir, para sostener el proyecto y seguir llevándolo a donde haga falta.


-En realidad, yo ya había trabajado en otras instalaciones de memoria: los fusilamientos de José León Suárez, el 19 y 20 de diciembre de 2001, los fusilamientos de Trelew. Las hicimos en universidades como la de General Sarmiento y la Facultad de Sociales de la UBA. Además, vengo del teatro comunitario, y eso significa trabajar con mucha gente que no viene del palo del teatro, pero que aun así es la más entusiasta. Estoy acostumbrado a crear en el desorden.

Desde ahí me parecía fundamental que no hubiera escenario, que no existiera una separación entre actores, actrices, músicos y público. Que todos formáramos parte del mismo espacio, construyendo juntos esa realidad durante 45 minutos.

Y en este proceso fue clave el trabajo de Mariela Bonilla, que se ocupa de la puesta en escena. Ella viene del teatro físico, y me aporta muchísimos elementos y herramientas para pensar una puesta más compleja, más corporal, más viva.



-Nosotros siempre decimos que la gente puede o no puede conectar con la obra, y está bien. Lo que no puede es irse indiferente. Y eso, por suerte, nunca nos pasó: el público siempre se va conmovido.

Una de las premisas que les doy a los actores y actrices es que no busquen ser observados, sino que sean ellos quienes observen al público. Reconocerse en una mirada no es un detalle menor. Y yo no quiero subestimar a nadie diciendo qué deberían pensar al salir; eso lo decide cada persona.

Pero sí es cierto que cuando pienso en Cromañón, me pienso adentro de Cromañón. Me pienso no solo como individuo, sino como parte de una sociedad. Y la gran pregunta que aparece es: ¿cómo nos pasó esto? ¿Cómo, después de tantos avisos de incendio, pudo ocurrir? Y, peor aún: ¿cómo puede ser que siga habiendo avisos de incendio hoy y aun así naturalicemos cosas que no deberíamos naturalizar?

También me interesa remarcar que, así como nosotros hacemos esta instalación, hay muchísima gente valiosa recordando Cromañón desde documentales, series, obras de teatro que quizá no tienen tanta difusión. Formar parte de ese colectivo, de ese grupo que elige mantener viva la memoria, me llena de orgullo. Más en estas épocas jodidas que vivimos.


Cromañón nos pasó a todos no busca respuestas fáciles ni pretende cerrar una herida que todavía pulsa: propone, más bien, un espacio donde la memoria se mira a los ojos, se mueve, respira y se pregunta. En escena, veinte cuerpos construyen un territorio vivo donde el pasado insiste, el presente interpela y el futuro exige no volver a naturalizar lo que nunca debió ser naturalizado.

En esta cuarta temporada, Gustavo Moscona vuelve a apostar por un teatro que no congela el dolor, sino que lo transforma en acción, en preguntas, en comunidad. Cada función es única; cada espectador se convierte en parte del acontecimiento.

A días de la última fecha del 13 de diciembre, la obra se presenta como un recordatorio necesario: la memoria no es un rito del calendario, es un gesto urgente. Y en ese gesto, artistas y público comparten algo que no se repite y que, sin embargo, sigue resonando.

Porque hay historias que, si no las contamos entre todos, se apagan.
Y esta —todavía— necesita seguir encendida.


📍 El Sabato Espacio Cultural – Uriburu 763 (CABA)
🗓️ Sábados 6 y 13 de diciembre – 22:00 hs
🎟️ Entradas disponibles en Alternativa Teatral y boletería del espacio.


Esta entrevista se publicó por primera vez el 12 de diciembre de 2025 en Revista El Walkman. Desde Minúscula apoyamos el periodismo independiente y autogestivo y te invitamos leer la edición original de la nota haciendo clic acá.

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