Cuando era un niño y en familia asistíamos a las noches de carnaval, el miedo se apoderaba de mí. Aferrado a los brazos de mi madre y casi sin mirar lo que acontecía, transcurrían así las noches de celebraciones. Las voces impostadas de las máscaras sueltas, las carrozas bochincheras con personajes enmascarados, los compases de las murgas y los grupos de disfrazados que se acercaban con misterio generando carcajadas en el público que intentaban descifrar qué vecino se escondía detrás de ese ropaje circunstancial; aumentaban mi desconfianza.

Fue a los cinco o seis años cuando una vecina le sugirió a mis padres que, para perder el miedo, lo mejor sería hacerme parte de ese mundo. Disfrazar al niño que teme para que deje de sentirse público y sea parte de los que asustan.

“La pareja despareja” fue el primer disfraz, en realidad el niño de aquella novia alta y un novio más bajo. Sí, un niño disfrazado de niño junto a otros adolescentes del barrio desfiló por la Plaza Gómez, escenario de los corsos del pueblo. Así fui perdiendo el miedo y ganando una historia de disfraces que, junto a los heavy metal, luchador de catch, inmigrante recién llegado del barco, Aladino en alfombra que vuela, de vaca, en batucadas o grupos humorísticos, forman parte de la historia de mi carnaval, el corso de pueblo que no se suspende nunca desde hace más de cien años.

Carnaval o carnestolendas, bacanal o fiestas en honor al Dios Baco o Dios Baal, corso o desfiles de disfraces, las fiestas de Momo. Todo jolgorio y celebración donde la risa acompaña los festejos. Los ritos carnavalescos tienen su antesala en las fiestas Saturnales Romanas, festividades paganas en honor de los dioses Baco y Saturno. La risa, que fue concebida como pecaminosa o prohibida durante mucho tiempo, es a partir de la modernidad donde los pueblos empiezan a ejercerla desafiando los órdenes establecidos.

Final de invierno en el hemisferio norte o final del verano en el sur, las fiestas carnavalescas marcan el triunfo de una especie de liberación transitoria donde se olvidan las jerarquías, las reglas, los privilegios y los tabúes. Mezcla de exceso y provocaciones, la festividad fue disputada por el Estado en formación a finales del siglo XIX.

El disciplinamiento, le llama Milita Alfaro, donde la elite dirigente comienza una cruzada “civilizadora” contra el carnaval “bárbaro”. Reglamentos y ordenanzas comienzan a apoderarse de la fiesta popular con mucha tradición “de calle” encima, la fiesta bárbara comienza a ceder en la organización de la fiesta.

Aparecen en distintos lugares organizaciones oficiales y paseos de comparsas que darán origen a lo que hoy conocemos como sambódromos. De Venecia a Cádiz, de Oruro a Río de Janeiro, de Montevideo a Gualeguaychú o en cualquier parte de este planeta tendremos fiestas, disfraces y risas que darán el marco al ritual carnavalesco.

Cientos de miles de turistas buscarán disfrutar, bailar y despojarse de prohibiciones morales. Las instituciones organizativas buscarán controlar los excesos y evitar temores; ya no se animarán a prohibirlos como alguna vez lo hicieron Napoleón o la dictadura argentina. 

Otros, como el corso de mi pueblo, seguirá su tradición histórica como hace más de ciento cincuenta años, porque mientras haya una mascarita, chicos tirando espuma, choripán y cerveza y se escuche algún tema musical – quizás con mal sonido – sabremos que el carnaval está llegando.


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