Durante cinco semanas, ochenta personas se reunieron en una parroquia porteña para aprender gospel desde cero. Algunas no sabían inglés, otras nunca habían cantado y muchas llegaron con la certeza de que la buena voz era un talento dado o negado. Entre armonías, fonética, movimiento y canciones de Cambio de Hábito, el Laboratorio Gospel les propuso un desafío distinto: descubrir qué ocurre cuando alguien se anima a dejar de decir «no puedo«.

Comenzaba el primer encuentro y los bancos de madera crujían mientras los participantes buscaban una posición cómoda frente al altar. Ellos acomodaban la espalda y revisaban hojas impresas repletas de palabras subrayadas, tachaduras y anotaciones fonéticas.
El inglés mutó en instrucciones para la boca con sílabas a memorizar y pronunciaciones precisas. Era de noche y la parroquia conservaba la iluminación tenue de los templos. Afuera quedó la bulliciosa Buenos Aires; adentro, una burbuja de vinculación segura para aprender un repertorio a lo largo de tres horas.
Una cuerda, después otra. Armonías que congenian, indicaciones repetidas, risas y miradas cómplices entre desconocidos. En ese universo estaba Fedra, quien eligió repetir la experiencia tras haber participado la temporada anterior. Lo suyo no fue sólo el deseo de cantar, más bien se trataba de la búsqueda de un espacio donde la representación se construye desde la presencia.
«Elegí hacer esta experiencia por segunda vez porque este lugar está eligiendo tener representatividad y creo que la mejor manera de que esto suceda es que lo habitemos. Estoy muy orgullosa de poder ser una de las que habita y elige ser parte de esa representatividad. Participaría mil veces más», confesó.

Durante las cuatro semanas siguientes, Fedra volvió a compartir canciones, movimientos y ensayos con personas que no conocía pero donde había entrado una experiencia inmersiva de integración. «Estar acá, cantando con todas estas personas, me hace sentir que realmente hay una integración posible. Sólamente hay que decidirse a involucrarse para que eso suceda. Me siento integrada», reconoció con la mirada humedecida y la voz casi quebrada.
El Laboratorio Gospel duró cinco encuentros presenciales intensivos y reunió a los participantes a partir de una convocatoria abierta. Cada jornada, que se daba los lunes, duró tres horas y estuvo dividida entre Amado Acosta (director de Coro Gospel Joy), Matías Couselo (director de Coro Gospel de Avellaneda) y Agustín López (director de United Voices Argentina), quienes trabajaron sobre distintos aspectos de una formación integral que comenzó prácticamente desde cero con interpretación, movimiento, fonética, selección de voces principales, puesta en escena y trabajo vocal.
«Luego de casi 25 años trabajando con la música gospel en Argentina, estrenando el espectáculo del Laboratorio Gospel, siento la emoción del comienzo porque entiendo que hay personas que por primera vez van a abordar esta música, no sólo cantando sino también el público”, relató el día del show final Franco Gandullo, director artístico y productor ejecutivo de Laboratorio Gospel.
Gandullo, además, es creador de Gospel en Argentina, co-creador del Córdoba Gospel Choir (primer coro del género en el país) y fundador en 2008 del Coro Gospel de Argentina. Trabajó con referentes internacionales como Markanthony Henry e impulsó encuentros en Harlem. Sin embargo, en el Laboratorio su legado cobró otra dimensión ya que los tres directores que lideran las clases fueron antes sus coreutas.
Para él, la técnica no se desliga del sujeto: «Hacemos música según nuestra visión del mundo. Nuestra manera de ir hacia afuera tiene que ver íntimamente con quiénes somos». Bajo esa premisa, aprender canciones en el Laboratorio fue más allá de memorizar notas y acordes, también estimuló al desarrollo de la expresión colectiva.

El último tramo del proceso llegó con el vibrante show final, donde familiares y amigos de los participantes se conmovieron hasta las lágrimas al verlos vestidos con sus togas, de confección abullonada y ligera, y adueñándose de la escena. Pero, antes de eso, tuvieron que aprender a respirar juntos, a entrar juntos y, sobre todo, a escuchar al otro. Porque un coro, más que lograr que varias voces canten al mismo tiempo, tiene el objetivo de convertirse en una sinergia donde los integrantes son una sola materia sonora y de movimiento.
De los spirituals a una parroquia porteña
La historia que estas personas vivenciaron durante la experiencia había empezado mucho antes de que existieran las partituras que sostenían entre sus manos. El gospel afroamericano hundió sus raíces en los spirituals y sus canciones religiosas desarrolladas entre las comunidades negras esclavizadas del sur de Estados Unidos.
Sus canciones eran piezas vinculadas a la vida religiosa y comunitaria, con estructuras de llamada y respuesta, palmas y una dimensión que podía ser al mismo tiempo espiritual, social y de resistencia. Algunos eran cantos de dolor y otros de celebración. Aquella música funcionaba como una forma de expresión y pertenencia para una comunidad a la que le habían sido arrebatadas muchas otras formas de autonomía.
En la década de 1930, alimentado por el blues y el jazz, se consolidó como género. Thomas A. Dorsey, hijo de un predicador baptista y ex músico secular, fue la figura decisiva de esa transición junto a voces como Mahalia Jackson. Desde ese punto, el gospel terminó convirtiéndose en una de las grandes tradiciones de la música popular estadounidense.
Décadas después llegó a Buenos Aires, donde encontró otras voces y otros cuerpos. Hoy existen decenas de grupos gospel en el país, muchos independientes de cualquier iglesia, con agrupaciones en la Ciudad de Buenos Aires y en varias provincias del país. La diversidad es tal, que en la más reciente versión del Laboratorio Gospel, participaron personas de nacionalidad rusa y uruguaya, mientras que en la anterior asistieron también asiáticos que seguían las indicaciones traduciendo en tiempo real desde su celular.
La primera barrera no estuvo en la garganta
Amado, director de Coro Gospel Joy, también conoció ese proceso desde adentro. Para él, el punto de partida no estuvo necesariamente en una condición vocal extraordinaria, sino en la posibilidad de animarse. “Yo creo que todos pueden cantar. Todos tienen la herramienta. El instrumento ya está. Es cuestión de animarse”, sostuvo.
Agustín, director de United Voices Argentina, conoce bien el miedo que podía producir una canción antes de ser entonada y sumó: “Hay una primera pared que nos ponemos, o que la gente se pone, y es el no sé o el no soy. No sé inglés. No sé cantar. No soy afrodescendiente. No tengo la voz que uno debe tener para cantar gospel”.
Este último también confesó que el trabajo inicial del Laboratorio, un poco, consistió en hacer una especie de borrón y cuenta nueva, sin importar tanto lo que la persona creyera que sabía hacer, para dar lugar a aquello que todavía tenía por descubrir. “Esto es tirarte a la pileta y descubrirte”, reforzó sonriente.
Durante la experiencia, algunos participantes aseguraron no haber cantado nunca. Entonces, aparecía una conversación que se solía repetir entre los directores y sus guiados, que terminaba cambiándolo todo, haciendo que los más nerviosos aflojaran sus hombros:
— ¿Cantaste alguna vez en la ducha?
— Sí.
— Bueno, entonces sí, cantás.

Desde aquel simple disparador, algunas personas pudieron sacar una voz que no sabían que habitaba en su interior.
En ese momento de quiebre, el Laboratorio dejó de parecer una clase de canto para convertirse en un espacio donde cada uno pudo probar una posibilidad sin la obligación de demostrar nada. “Es simplemente el cuerpo que se soltó y logra esa libertad”, insistió Agustín. Una palabra que volvió una y otra vez durante los días de ensayo: libertad. Libertad para equivocarse, libertad para bailar, libertad para aplaudir, libertad para llorar, libertad para cantar en inglés sin hablar inglés y para descubrir que la voz propia podía ocupar un lugar frente a otras setenta y nueve.
Pero, incluso, dentro de esa libertad hubo una frontera más difícil de atravesar y fue la exposición individual. Una vez iniciado el Laboratorio, quienes se animaron pudieron enviar un audio para audicionar como solistas. Ese material fue escuchado y analizado para definir las voces que ocuparían esos lugares en el espectáculo final. No todos dieron ese paso. “No todos se animan a audicionar para solistas por vergüenza. No se terminan de animar a ese poco más allá”, explicó Franco.

Ese “poco más allá” fue, quizá, una de las medidas más precisas propuestas por el Laboratorio. Se trató básicamente de cantar frente al público, en el show final, pero también de asumir el riesgo de ser escuchado de otra manera, sin las voces de los compañeros flotando al unísono.
Más de 1.000 kilómetros para vivir la experiencia
Ana viajó desde Formosa y se instaló por más de un mes en Buenos Aires para participar de esta tercera temporada. Si bien forma parte de un coro en su provincia, no llegó por una trayectoria previa dentro del gospel ni por una obligación profesional. “Me trajeron las ganas, la curiosidad y el interés de conocer otro estilo de canciones, y de cómo interpreta un coro gospel. Cuando conocí la propuesta me pregunté a mí misma: ¿Por qué no viajar e intentarlo?”, contó con una sonrisa despampanante.

Aquella pregunta que Ana se hizo a sí misma terminó convirtiéndose en una decisión. Cinco semanas después, el viaje ya no pudo medirse sólo en kilómetros. “Lo que aprendí y lo que me llevo de esta experiencia es la sensación de libertad, el conocer el género y a otras personas. Hoy me doy cuenta que tomé una buena decisión al venir porque me llevo alegría, gozo, compañerismo y la libertad de espíritu”, agregó llevándose la mano al pecho.
Matías Couselo, director de Coro Gospel de Avellaneda, también conoció ese proceso desde adentro. Comenzó como coreuta en 2013 y tres años después creó su propio grupo. En ese recorrido vio a personas que empezaron sin experiencia y terminaron convirtiéndose en cantantes profesionales. Su propia voz, contó, cambió por completo. “Mi voz hoy no es nada de lo que era cuando arranqué. Está alejadísima de como cantaba antes de meterme en esto”, expresó con orgullo.
Cuando se le preguntó qué le diría a aquel Matías que recién arrancaba, respondió: “Ponele confianza a esto. Hacelo con menos miedo”.
Eso fue lo que comenzó a construirse en cada encuentro del Laboratorio: la confianza en uno mismo. No una confianza estridente, sino la de quienes volvieron la semana siguiente para seguir ensayando en la parroquia, la de quienes se equivocaron y volvieron a intentarlo. La de quienes descubrieron que para crecer debían rodearse de personas que también estaban intentando.
Cinco semanas para construir un nosotros
El Laboratorio Gospel es una experiencia puramente inmersiva. La primera temporada estuvo dedicada a Whitney Houston, donde se trabajaron canciones de su repertorio. La segunda y tercera tomaron como universo musical y escénico a Cambio de hábito, la película de 1992 protagonizada por Whoopi Goldberg que convirtió a un coro de monjas en una de las imágenes más reconocibles de la cultura popular alrededor del gospel.

Esta tercera versión estuvo conformada por personas jóvenes y mayores, gente con experiencia musical y otras que jamás habían pisado un ensayo coral. Algunos llegaron para probar algo nuevo; otros, para cumplir una deuda pendiente consigo mismos. A medida que pasaron las semanas, creció algo que no figuró en el programa de la experiencia: los vínculos y su impacto en el bienestar social y creativo.
El resultado de las cinco semanas trascendió las horas de ensayo. Se armaron grupos de WhatsApp, salidas, amistades y participantes que terminaron sumándose a los coros estables de los distintos directores. “Muchos de los participantes clickean con el legado del laboratorio, descubren que es de esos espacios que ya casi no quedan, que van más allá de ese objetivo por el que creyeron que estaban viniendo; que era, en primera medida, aprender unas canciones o dar un primer paso en un coro”, manifestó Gandullo satisfecho.
No hizo falta que nadie anunciara ese sentido de pertenencia en la publicidad de la experiencia. Empezó a brotar en los bancos de madera y en las sonrisas cómplices. En quienes ya sabían dónde sentarse y en quien alcanzó una hoja al que llegó sobre la hora.
El día del show fue otra cosa. Los machetes quedaron guardados y las togas reemplazaron las vestiduras de civiles. Ocho decenas de personas llegaron a una escena final que fue ovacionada con aplausos de pie, ramos de flores e incontables flashes que iluminaban a quienes se habían animado a explorar otra versión de sí mismos.
El cierre de esta tercera edición dejó el terreno listo para la cuarta convocatoria, enfocada en mixear el gospel con los villancicos navideños. Para formar parte de la próxima experiencia o conocer más información, hacé clic acá.
“A aquellos que se sientan atraídos por la experiencia, acá van a recibir lo que están esperando y necesitando para sus vidas”, concluyó Gandullo.













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