Leí Los ojos del perro siberiano a los 14 años. Era 2004 y una profesora del secundario decidió que ese era el libro que teníamos que leer. Antonio Santa Ana lo había publicado en 1998. No había pasado tanto tiempo. No era todavía “ese libro que leen en el colegio”.
Leí Los ojos del perro siberiano a los 14 años. Era 2004 y una profesora del secundario decidió que ese era el libro que teníamos que leer. Antonio Santa Ana lo había publicado en 1998. No había pasado tanto tiempo. No era todavía “ese libro que leen en el colegio”. Para nosotros era una historia bastante cercana.
Después vinieron otras lecturas. Volví varias veces a Ezequiel, a su hermano, a Sacha, a esa familia que había aprendido a esconder debajo de la alfombra todo aquello que no sabía cómo enfrentar. Este año, además, el libro volvió a aparecer: lo trabajé en mis talleres de escritura con adultos y adolescentes.
Y después apareció el teatro.
El sábado 10 de octubre, Los ojos del perro siberiano tendrá su última función en el Politeama. Y antes de que eso pase vale la pena detenerse en algo que no siempre ocurre cuando una historia muy querida cambia de lenguaje: acá el libro sigue estando. No como una pieza de museo a la que hay que respetar palabra por palabra. Está su espíritu. Está la mirada. Está Ezequiel.
La adaptación de Nico Sorrivas y Martín Palladino toma una de las decisiones más importantes desde el comienzo: conservar ese juego entre el hombre que recuerda y el chico que todavía está viviendo aquello que algún día va a recordar. Alan Madanes es el narrador adulto. Dante Barbera, el narrador niño. El primero vuelve. El segundo atraviesa.
Y para quienes conocemos la historia hay algo particular en quedar en el medio de esos dos tiempos. Sabemos lo que ese chico todavía no sabe. Sabemos quién es Ezequiel antes de que aparezca. Sabemos cuánto tiempo queda. Pero Ezequiel aparece igual. Y vuelve a pasar.
Felipe Bou Abdo entra en una historia en la que su personaje carga con algo más que una enfermedad. Con las relecturas, Ezequiel termina convirtiéndose en una especie de hermano mayor de todos los lectores. De esos que te pasan música, libros, películas, alguna idea que después queda dando vueltas durante años. En mi caso ocurrió literalmente.
En el libro, Ezequiel habla de Blade Runner. Aquella profesora que nos hizo leer la novela decidió después llevarnos al microcine del colegio para verla. Más de veinte años después, ahí estaba otra vez Blade Runner, ahora sobre un escenario. Eso es algo que la adaptación entiende bien: hay que elegir. Novela y teatro no hablan de la misma manera. Y tratar de poner cada página sobre el escenario probablemente hubiera sido la peor forma de serle fiel.
Acá se condensa, se recorta,se transforma, se transmuta y empieza a ser otra cosa sin dejar de ser lo que siempre fue y por eso el libro permanece aunque haya 9 canciones y baile y coreografías.
También estaba la pregunta inevitable: ¿cómo hacer un musical conLos ojos del perro siberiano?
La respuesta es bastante sencilla después de verla: no convirtiéndola todo el tiempo en un musical. Hay mucho texto. Hay escenas que se toman el tiempo necesario. Y hay nueve canciones originales que aparecen cuando tienen algo para hacer. La banda toca en vivo y la música acompaña sin empujar a la historia hacia un lugar al que nunca quiso ir.
No sobra. Tampoco falta.
Hay momentos especialmente logrados: esa investigación alrededor del “tu hermano la cagó otra vez”, la salida a la cancha, el humor —porque el libro también tiene humor— y algunas escenas en las que basta reconocer una frase para volver inmediatamente a las páginas.
Pero hay una que se queda con todo. El cumpleaños. Ezequiel llega con un disco de Dire Straits. Brothers in Arms.
—¿Hermanos en armas?
—No. Hermanos abrazados.
Eso.
Ahí está Ezequiel. Ahí está el vínculo que empieza a construirse entre dos hermanos a los que durante demasiado tiempo les explicaron que tenían que estar separados. Y ahí, por un momento, está también el libro entero sobre el escenario.
Después está Sacha. Al principio hay un pequeño choque. Sacha no es un perro real. Es un títere. El desconcierto dura tres segundos. Después es Sacha. No “el recurso escénico que representa a Sacha”. Sacha.
Está ahí, tiene vida, participa, mira, conmueve. Y quizás sea uno de los mayores aciertos de la puesta porque alrededor de sus ojos está construida buena parte de la historia que Antonio Santa Ana quiso contar.
La obra lleva como frase “¿Cómo mirás cuando mirás?” No está puesta porque queda bien en un afiche. Ezequiel sigue siendo Ezequiel después de su diagnóstico. Lo que cambia es la mirada de quienes lo rodean. Algunos sienten miedo. Otros rechazo. Otros no saben qué hacer. La pregunta sobre cómo se contagió aparece inevitablemente y Ezequiel la corre de lugar: ¿qué importa?
Y ahí la obra toca algo que, al menos para mí, nunca estuvo solamente dentro del libro. Cuando yo era chico, una gran amiga de mi mamá tenía VIH. Eran años en los que alrededor de la enfermedad circulaban miedos de todo tipo. Algunos tenían que ver con lo que se sabía. Muchos otros, con lo que no. Mi mamá hizo algo bastante concreto: se informó.
Quiso saber qué cuidados había que tener y cuáles de todos esos temores no tenían ningún fundamento. Y seguimos compartiendo vacaciones, comidas, encuentros, mates. Mi abuela no lo veía de la misma manera. Le preocupaba esa cercanía. Prefería la distancia.
Yo era chico, pero algo de todo eso quedó. Muchos años después puedo ponerle palabras: frente al miedo también existe la posibilidad de conocer al otro antes de convertirlo en aquello que nos asusta.
Por eso hay algo de Los ojos del perro siberiano que sobrevivió perfectamente al tiempo. Cambió muchísimo la realidad del VIH desde aquellos primeros años noventa en los que transcurre la historia. Pero el mecanismo del prejuicio es bastante más resistente.
Primero dejamos de mirar a una persona. Después vemos solamente aquello que nos da miedo. Sacha hace exactamente lo contrario. Y quizás por eso sigue siendo Sacha aunque sobre el escenario podamos ver perfectamente las manos que le dan vida.
Este sábado la obra se despide del Politeama. Para mí será también otra despedida de un libro al que ya despedí varias veces.
La primera ocurrió cuando tenía 14 años y llegué a la última página. Después volví. Este año regresé con mis talleristas. Y ahora apareció esta versión: otros cuerpos, otras voces, canciones, un perro hecho títere y Ezequiel volviendo a decir algunas cosas que siguen valiendo la pena escuchar.
Hay una palabra que me quedó después de verla. Hermosa. No porque todo sea amable en Los ojos del perro siberiano. Casi nada lo es. Hermosa porque todavía consigue mover algo. Y porque este sábado, cuando termine la última función y se cierre el telón, Ezequiel volverá a irse. Por suerte quedan el libro y ahora también queda esta obra.
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