A veces, las causas más profundas nacen del corazón mismo de la experiencia. Así le pasó a Ana Signorini, vecina de San Antonio de Areco, cuando su hijo Francisco la llevó a mirar el mundo desde otro lugar. Hoy, su historia personal se transformó en un motor colectivo: la creación del primer Centro Educativo Terapéutico (CET) del municipio.
Un CET es un espacio pensado para acompañar el desarrollo integral de niños y jóvenes con discapacidades múltiples. El proyecto se llama El Koala, y lleva en su nombre una metáfora que lo define: “Así como el koala protege a su cría hasta que está lista para ser independiente, en el CET queremos cuidar con el mismo cariño y respeto a quienes acompañaremos”, cuenta Ana.
Una pregunta que abre puertas: “¿por qué no?”
La historia de Ana empieza como la de muchas familias que buscan opciones educativas para sus hijos y se encuentran con un sistema que todavía no termina de incluir a las Personas con Discapacidad. Francisco, su hijo mayor, hoy tiene siete años y una discapacidad múltiple.
“Fran hizo su escolaridad con un proyecto de inclusión, pero llegó un punto en el que la integración ya no tenía sentido, ni para él ni para el resto de los chicos”, explica. En esa búsqueda de alternativas, Ana descubrió una realidad: los CET más cercanos estaban en Pilar, Campana o Buenos Aires.
“Son distancias imposibles. Los chicos van todos los días, de ocho a cuatro de la tarde. No es algo que puedas resolver viajando 60 kilómetros de ida y 60 de vuelta”, cuenta.
La pregunta fue inevitable: ¿y qué hacen las familias que no pueden viajar? La respuesta, desoladora: se quedan sin esa posibilidad. Fue entonces cuando surgió la idea. “Si en vez de organizarnos todos para irnos a otro lado, nos organizamos para armar uno en Areco, ¿por qué no?”, se preguntó Ana.

Un espacio para aprender lo que la vida necesita
Un CET es un servicio para Personas con Discapacidad, cuyo objetivo es incorporar conocimientos, aprendizajes y caracteres educativos a través de enfoques, metodología y técnicas de índole terapéutica.
Ana lo explica con naturalidad y convicción: “Nosotros estamos acostumbrados a pensar que la educación es solo académica, y hay muchas otras cosas que también necesitamos aprender. En el CET los chicos trabajan habilidades de la vida diaria, la independencia, el autovalimiento. Cosas tan básicas como decir ‘tengo hambre’ o ‘me duele la panza’”.
Ana habla con amorosidad, habla desde su rol de madre, pero con una comprensión profunda del sistema: “Fran no necesita que yo sea su terapeuta; necesita que yo sea su mamá. Y en el CET va a tener su lugar para trabajar, esforzarse, aprender, con profesionales que lo acompañen desde lo que él necesita”.
En ese sentido, “El Koala” se proyecta como un espacio donde cada niño es mirado desde su singularidad, con programas personalizados y un equipo interdisciplinario que abarca fonoaudiología, kinesiología, musicoterapia, psicopedagogía, terapia ocupacional, asistencia social y educación física.
La misión de El Koala
El Koala nace con una misión clara: mejorar la calidad de vida de niños y jóvenes con dificultades, educando y rehabilitando para potenciar su desarrollo físico, motor y socioemocional. Su visión es la de una sociedad inclusiva y respetuosa de la diversidad, que reconozca el valor de cada singularidad.
“Cada chico es único y necesita una propuesta específica que se adapte a sus particularidades”, subraya Ana. Y lo dice con la convicción de quien aprendió a transformar la adversidad en acción. “No pensé que me iba a tocar, pero cuando te toca, te cambia la mirada. Y ahí entendés que no se trata solo de tu hijo, sino de todos los que vienen detrás”.
Comunidad, pertenencia y futuro
La creación de El Koala es, ante todo, una historia de comunidad. Ana y su familia impulsaron la conformación de una asociación civil sin fines de lucro para garantizar que el proyecto trascienda a las personas que hoy lo fundan.
“Queremos que sea algo autónomo, que el día de mañana tenga su propia comisión directiva y siga funcionando más allá de nosotros. Nosotros somos padres que empujan”, afirma.
La asociación ya cuenta con personería jurídica y todo el marco contable y legal necesario. Ahora, el desafío es conseguir socios para llevar adelante el proyecto. “Adaptar un lugar implica accesibilidad, baños, rampas, y todo eso requiere inversión. Por eso buscamos a empresas y personas que quieran sumarse a este proyecto”, explica.
Mientras tanto, las redes tejidas a pulmón sostienen el impulso: amigas que diseñan flyers, vecinas que colaboran en comunicación, socios que aportan mensualmente o se ofrecen para tocar timbres y sumar adhesiones.
“Por ahora lo hacemos todo entre nosotros, después de trabajar, cuando los chicos duermen. Pero es hermoso ver cómo la gente se involucra. Esto ya no es solo por Fran, es por todos los chicos que necesitan un lugar así”, concluye Ana.
Cómo colaborar
El CET El Koala busca sumar socios, voluntarios y empresas que quieran apoyar económicamente o con recursos materiales el proyecto. La asociación civil ya está en marcha y recibe aportes mensuales, donaciones y alianzas de colaboración.
Porque en Areco, el sueño de un espacio donde todos los chicos puedan crecer, aprender y pertenecer, ya empezó a hacerse realidad.
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